En Querétaro, como en otros territorios donde la modernización se anuncia por decreto y se mide en metros de concreto, la conclusión de una obra no equivale a su finalización. Desde hace semanas, el gobierno estatal insiste: Paseo 5 de Febrero ya está listo. No terminado, pero listo. No funcional, pero concluido. La diferencia semántica es burocrática, pero el efecto en la vida cotidiana es tan material como los tornillos sueltos.

En un acto de reafirmación, el gobernador declaró superada la etapa de construcción. La vialidad ya es urbana, los peatones ya tienen prioridad, y los automóviles ya entienden que no son los únicos usuarios del espacio público. Eso, en el boletín. En el asfalto, el tráfico sigue igual que antes (o peor), los sistemas pluviales fallan en cuanto llueve, y en más de una zona las inundaciones llegan con la regularidad de los recibos de agua.

Se prometió una obra estructural, y se entregó una obra estructurada en capas: la capa visual (drones, concreto nuevo, señalamientos frescos), la capa política (discursos de transformación), y la capa de siempre: la ciudad que no fue consultada.

Frente a este relato oficial, organizaciones civiles decidieron caminar lo que otros solo narran desde la ventanilla del coche. Una auditoría ciudadana —sin recursos públicos, sin cámaras institucionales, sin premio— mapeó los problemas reales de Paseo 5 de Febrero. Lo que encontraron no es una sorpresa, pero sí una denuncia documentada: más de 450 fallas, clasificadas con método y recorridas con cuidado. Desde banquetas intransitables hasta carriles ciclistas interrumpidos por postes, rampas que no conectan con nada, coladeras sin tapa, y semáforos decorativos.

Y mientras las obras “terminadas” continúan generando reportes de vecinos, la ciudad sigue su curso: a vuelta de rueda, bajo el agua en ciertas zonas, con peatones sorteando obstáculos y ciclistas que aprenden a esquivar señalética y postes como parte del entrenamiento diario.

La contradicción es de época: se habla de movilidad integrada sin tocar al transporte público de fondo, se presume inclusión con rampas que no llegan a ninguna parte, y se celebra un “paseo” que sigue funcionando como embudo vial.

En la vida urbana, una obra terminada no es la que se inaugura, sino la que se habita. Y Paseo 5 de Febrero, a pesar de sus múltiples discursos de cierre, sigue sin ser una obra habitable para todas y todos. No porque falten detalles, sino porque sobra simulación.

David Álvarez
davidalv1990@gmail.com
Sociólogo, periodista y gestor cultural. Dirige Proyecto Saltapatrás. Estudia la maestría en Derechos Humanos y Políticas Públicas.

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