
En Querétaro, el agua se volvió profecía: se anuncia sin preguntas y se canoniza sin pruebas. El proyecto Sistema Batán, como algunos credos, no requiere fe, sino contrato privado. Y cuando la ciudadanía pide explicaciones, se les responde con la santa trinidad de la administración pública: opacidad, tecnocracia y spots publicitarios.
Pero esta liturgia oficial encontró herejes. El pasado 22 de julio 180 personas, entre científicas, académicos, gente de a pie, participaron en un foro científico-ciudadano que, sin pedir indulgencias, se propuso hacer lo más subversivo: pensar. Convocado por 24 organizaciones no partidistas, el evento expuso lo que la propaganda ignora: que el megaproyecto tiene más lagunas que el sistema hídrico que pretende sanear.
Las 96 preguntas ciudadanas recopiladas no son una lista de caprichos vecinales, sino la anatomía de una desconfianza bien fundamentada: ¿qué riesgos conlleva usar aguas residuales tratadas para consumo doméstico?, ¿quién vigilará la calidad del tratamiento?, ¿cómo se financiará realmente?, ¿por qué tanta prisa en ejecutar lo que nadie ha explicado? A estas preguntas, el Ejecutivo ha respondido con un calendario ajustado a los tiempos del optimismo electoral, no de la razón pública.
El foro fue una rareza democrática en una época donde la participación ciudadana se mide en clicks y no en deliberación. Hubo paneles sobre toxicología, finanzas públicas, gobernanza hídrica, y más importante aún, hubo escucha. Y ese verbo, escuchar, resulta incómodo cuando se ha confundido gobernar con administrar silencios. En este Querétaro, donde el agua baja en tubos y la voz ciudadana se evapora antes de llegar al micrófono oficial, el foro fue una represa de sentido común.
En un estado donde las decisiones sobre el agua han sido tomadas tras bambalinas y selladas con discursos de eficiencia, este foro marcó un parteaguas: por primera vez, una audiencia pública sobre política hídrica será posible gracias a la presión ciudadana, no a la voluntad de los despachos. Y eso, en un país donde las decisiones fluyen río abajo desde el poder, ya es toda una contracorriente.
Lo que sigue es crucial: que la relatoría ciudadana del foro se entregue a las autoridades y se use como insumo, no como adorno. Que las 617 firmas que solicitaron la audiencia no se conviertan en una cifra más en el archivo muerto de la participación. Y que quienes gobiernan entiendan que no hay sustentabilidad sin diálogo, ni legitimidad sin escucha.
El agua no es solo un recurso: es el espejo donde se refleja el tipo de democracia que estamos dispuestos a sostener. Y si ese espejo se enturbia con contratos, prisas y decretos, habrá que seguir haciendo foros como represas contra el autoritarismo líquido. Porque en Querétaro, como en el resto del país, ya no basta con que el agua llegue a casa: también tiene que pasar por la conciencia.
