26 de septiembre de 2025. Once años han pasado. Los nombres de 43 estudiantes siguen vivos en murales, en carteles, en las fotografías que la memoria se niega a soltar. Ayotzinapa no es un recuerdo, es un país que insiste en no olvidarse.

El 25 de septiembre, un camión derribó las puertas del Campo Militar 1A en el Estado de México. Pequeñas explosiones, petardos, humo. La prensa lo llamó “acción radical”; otros lo llaman memoria activa. No hay marchas formales en la ciudad, pero hay ruido que reclama, que golpea, que se niega a ser domesticado.

El tiempo, que algunos pensaron que curaría, se ha convertido en testigo de la impunidad. Abarca Velázquez, Zerón, los militares, autoridades estatales; los nombres circulan como fantasmas que vuelven una y otra vez, en tribunales, amparos y suspensiones. La justicia se mide en retrasos, en papeles que se niegan a aparecer, en silencios que son más elocuentes que cualquier declaración.

Las calles recuerdan de otra manera. Las pancartas se mueven con el viento, las canciones se repiten en plazas, las consignas se aprenden de memoria, como si fueran lecciones de historia obligatoria. El color de los murales se mezcla con la mugre de la ciudad, con el polvo de cada jornada de lucha, con los grafitis que alguien borrará mañana y alguien volverá a pintar pasado mañana.

Los padres de los estudiantes se vuelven cronistas involuntarios, historiadores de un país que no quiere asumir su violencia. Las organizaciones sociales inventan rutas, bloqueos, acciones que no caben en el papel de una nota periodística, que no entran en los titulares. La memoria se sostiene en estas acciones, en la insistencia de quienes no quieren que la desaparición sea solo un número.

El tiempo también es fragmento. No hay una línea recta entre 2014 y 2025, hay pedazos de información que se entrecruzan, rumores que se confirman o se desmienten, fotografías que nunca se revelan. Cada amparo, cada suspensión, cada investigación inconclusa es un recordatorio de que la desaparición sigue.

El país observa, a veces se conmueve, a veces mira a otro lado. El gobierno promete, la burocracia responde con papeles y audiencias. La calle responde con ruido, con persistencia, con la certeza de que los hechos no pueden borrarse. Ayotzinapa se volvió un espejo de otras ausencias, de otras injusticias, de otras impunidades que el tiempo no diluye.

David Álvarez
davidalv1990@gmail.com
Sociólogo, periodista y gestor cultural. Dirige Proyecto Saltapatrás. Estudia la maestría en Derechos Humanos y Políticas Públicas.

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