
Fotografía: Ana Karina Vázquez
Niñapájaroglaciar es un libro que lleva por nombre tres palabras pegadas y su contenido es el reconocimiento de que la composición de nuestras vidas está siempre enmarcada por paisajes que nos acompañan, a pesar de que a veces los dejemos de mirar. Es la naturaleza cruel y hermosa de la que la humanidad ha insistido en diferenciarse; Mariana Matija teje una narración en la que el lenguaje se expande, no siempre hacia el entendimiento —porque no hace falta—, pero siempre hacia el cariño.
Los lenguajes del mundo, no los lenguajes siempre humanos, son el eje central del ensayo autobiográfico de la escritora colombiana: una exploración constante con la curiosidad infantil y la inocencia de la especie, en la que las palabras conocidas no siempre son suficientes y más bien limitan.
“Las palabras pueden convertirse en portales después de haber sido trampas. Pero muchas palabras, casi sin darse cuenta, pueden terminar convirtiéndose en unas manos enormes y torpes que les quiebran los huesos a los pajaritos. Por eso, para ser capaz de vivir necesito escuchar conversaciones en lenguajes que no tienen letras, lenguajes que, aunque siempre hay una parte de mí que quiere intentarlo, sé que no se dejan agarrar”, dice.
Porque no siempre podemos aprender a hablar como lo hacen los árboles, los perros, los gatos, los pájaros o los glaciares. La vida en las ciudades deforma la ilusión del tiempo, y el trabajo suele impedir que nuestros lenguajes se expandan siempre, pero hay veces que se logra.
“Fue el ruido del mundo entrando sin invitación a un momento lleno de belleza. Fue un momento lleno de belleza recordándome que hay más cosas en el mundo, además del ruido”, dice la autora sobre el momento en el que un pequeño pájaro murió entre sus manos. Algo que sucede cada día, con mucha frecuencia a causa de actos humanos.
La historia de Niñapájaroglaciar es, en ese orden, la de una niña que pudo sentirse pájaro, que aprendió a escuchar los cantos de los residentes alados de sus barrios, un árbol por vecino y un glaciar por amigo. Un glaciar que murió porque cada vez hace más calor.
Los paisajes son uno de los temas que enmarcan el libro de la autora colombiana. Esos paisajes pueden ser los amigos, como el glaciar, y los amores, como los gatos que acompañan y los pequeños perros poodle que son cómplices que envejecen y dejan vacíos inmensos cuando su aliento se esfuma. Porque los animales así se vuelven paisaje, y su ausencia es de ese mismo tamaño: “…sentí que en el paisaje de mi vida apareció un acantilado, un fin del mundo que tenía la forma de la ausencia de Lirio”, dice Mariana sobre una perrita así.
Es un momento extraño en el que los paisajes cotidianos se llenan de asfaltos, el calor derrite los glaciares y seca los ríos, los humos de la industria inundan los pulmones y modifican las vidas de todas las especies que convivimos en este planeta. Matija logra retratar este caos natural del tiempo en un diálogo interespecie que se aleja del romanticismo y también explora las preguntas siempre evadidas sobre la relación con otros animales, menos agradables al imaginario, como algunos insectos.
La escritura autobiográfica de Mariana Matija no es un bucle autorreferencial privado, sino todo lo contrario: es un eco hacia las historias no solo de las personas, sino de los cerros, de los acantilados, de los cielos y hasta de las raíces que resisten bajo los asfaltos. Es también una crónica de la esperanza adolorida, esa que descifra en el canto de los pájaros, de los frailecillos colombianos, de los que la autora dice: “Su existencia me rescata del agujero de la ausencia. (…) Me dijeron aquí estamos acicalándonos, saboreando el viento frío, haciendo nidos, poniendo huevos. Haciendo casas para poner promesas de nuevos pájaros, promesas de más belleza”.
