
Texto: Mirtha Leonela Urbina Villagómez
Fotografía: César Gómez
Cuando hablamos de fundaciones, generalmente nos referimos a refundaciones de pueblos preexistentes o a fundaciones “a la española”. Esto ocurrió con la fundación de Querétaro: existía previamente una población y territorio llamado Tlaxco, ubicada al oriente, en La Cañada, que fue trasladada y refundada como el pueblo de indios de Querétaro. La particularidad de este proceso radica en que se estableció sobre el despojo del territorio a los grupos chichimecas. Los estudios recientes muestran que desde hace cinco mil años ya existían poblaciones en La Cañada. El sitio arqueológico más cercano, denominado por el INAH “El Carmen Dos”, data de los años 750 a 1200 de nuestra era. La pregunta de por qué Conín, el falso fundador de Querétaro y aliado de los conquistadores españoles, afirmó que esta región estaba “despoblada” se explica por las nuevas leyes coloniales, que le otorgaban derechos de posesión sobre tierras consideradas “de nadie”.
Así se forjó el mito de la fundación de Querétaro, basado en la mentira y el despojo del territorio de sus pueblos originarios. Aunque Conín fue un instrumento útil de la conquista española, él mismo, junto con los otomíes que lo acompañaron, pasó a formar parte de la historia de la región como pueblo originario, aunque mucho después de los chichimecas, en particular de los pames. En resumen, Querétaro, Tlachco Andamaxei, existía mucho antes de la llegada de Conín y los españoles.
Conín y su grupo o callpulli
La Relación Geográfica de Querétaro de 1582 indica que el pochteca, comerciante, espía y negociante otomí Conín llegó desde Jilotepec huyendo con su familia, que incluía hermanos, hermanas, amigos y deudos. No se trató de una migración de individuos aislados, sino de grupos o calpullis de uno o varios linajes, que debieron estar acompañados de su dios tutelar y de bultos con los restos mortuorios de sus ancestros. El nombre gentil de Conín significaba “ruido”. La lengua otomí cuenta con el término ntini para el ruido genérico, pero también distingue entre diferentes tipos: njohni significa “ruido del viento”, njuhni, “ruido de pasos”, y n’ohni, “ruido de marcha”. El lingüista David Wright traduce el nombre como “retumbar”.
Se sabe que los mexicas recibían varios nombres a lo largo de su vida. El primer nombre lo otorgaban las parteras, y un segundo lo daba el Tonal Pouque (astrólogo, sortílego o hechicero), consultado por los parientes para determinar la ventura o suerte, buena o mala, del recién nacido. Para ello, este examinaba el calendario adivinatorio, es decir, el Tonalmatl o Libro de los días: “si había de ser rico o pobre, o valiente, o animoso, o cobarde, o religioso, o casado, o ladrón, o borracho, o casto, o lujurioso, allí en aquella pintura y suertes lo hallaban” (Durán, en Todorov, 1987: 70-71).
Los mexicas podían cambiar de nombre según rasgos de su carácter, personalidad o eventos importantes de la vida, como alcanzar un cargo político, religioso o militar. En esta complejidad se incluye la asignación de apodos, práctica aún común en comunidades indígenas como La Cañada, donde muchos vecinos son más conocidos por su apodo que por su nombre de pila. Así, el nombre de una persona al morir podía diferir significativamente del de nacimiento y, a menudo, del que llevaba en vida. Este mismo patrón podría aplicarse a los otomíes, pues se ha concluido que al momento de la conquista existía una cultura homogénea entre ambos grupos: otomíes y mexicas. De ser así, ¿podría ser que el nombre de Conín se derivara de su papel como capitán de guerra? Su nombre significaría “Retumbar”.
Si este fuera el caso, desconocemos cuál era su nombre antes de su presencia y asentamiento en Querétaro. Para mí resultan sugerentes, por su similitud fonética y metafórica, los términos khoni, que en otomí significa “convenio”, “convenenciero” o “negociador”; y, más aún, el término náhuatl tapa, que significa “el que se cubre con muchas capas o telas”, lo que remite a un ser elusivo o de múltiples facetas. Aunque el escribano Ramos de Cárdenas explicó que su apellido Tapia se debe a que, al momento de su bautismo, “señoreaba” en la tierra.
Hoy sabemos que su grupo se fracturó ante la decisión de Conín de cambiar o refundar el pueblo de Tlaxco de La Cañada en el actual valle de Querétaro. Su familia lo abandonó, y se quedó con los chichimecas. Sin embargo, ante el intento de los chichimecas de darle muerte, Conín logró que dos de sus hermanos (Pedro Luys y Antonio de Luna) volvieran a apoyarlo. También convenció a Antonio Ometuchil, mencionado como “Antón” en la Relación de Méritos y Servicios de don Hernando de Tapia: “vinieron con el dicho Don Hernando y sus deudos y hermanos e uno que se dice Don Antonio y otros indios sus amigos” (Fernández, 1961: 308). Es decir, Antonio Ometuchil migró desde Jilotepec con Conín y participó en la fundación. Estos tres personajes lograron así colocarse a su lado, desempeñar cargos políticos o de gobierno y acompañarlo en actos importantes.
Quiero hacer un breve paréntesis para explicar que el bautismo de los indios implicó la adopción forzada de un nombre cristiano, lo que desplazó su nombre gentil al segundo lugar, funcionando ahora como apellido según el modelo castellano. Por ello, aunque Conin, Pedro Luys y Antonio de Luna eran hermanos, terminaron con “apellidos” distintos. Este fenómeno explica que cada uno se convirtiera en cimiento de un linaje familiar propio y que su vínculo pasara desapercibido para los genealogistas.
El proceso de transformación continuó hasta la supresión definitiva de los nombres prehispánicos en 1583, mediante un Real Decreto que establecía: “Para que se eviten los yerros… totalmente se les quite a los yndios el usar de los nombres de su gentilidad e idolatría y a todos se les ponga nombres en el bautismo cuales se acostumbran entre cristianos…”. Además, normó el uso paralelo de nombres femeninos y masculinos: las mujeres heredarían el apellido de la madre y los varones, el del padre. En 1621, la normativa se reforzó con determinación, al parecer debido a que los indios seguían usando sus nombres originales:
“De aquí en adelante ningún yndio, ni yndia se llamará con nombre de las Guacas, ni del rayo, y así, no se podrá llamar Curi, Manco, Micsa, Chacpa, ni Líbiac […] y al que a su hijo pusiese alguno de estos nombres, le serán dados cien azotes por las calles, y el cura o vicario de esta doctrina procederá contra él, como contra relapso en idolatría. Y los que hasta aquí se han llamado con algunos de los dichos nombres mando se les quiten, y se acomoden a llamarse con otros sobrenombres, de los Españoles o de los Santos.» (J. De Arriaga, 1621).
La preocupación de la Corona no era ociosa. Los nombres prehispánicos contenían gran parte de la antigua cosmovisión de los pueblos originarios: por ejemplo, los nombres de animales aludían a esencias totémicas y estaban registrados en el calendario mágico-religioso prehispánico. Otros nombres expresaban funciones sociales, políticas o mágico-religiosas desempeñadas al momento de la Conquista. En general, estos nombres prehispánicos fueron luego castellanizados o traducidos al español; en algunos casos se atendió a similitudes fonéticas, y en otros fueron totalmente arbitrarios.
Cabe también señalar que, a diferencia de la práctica actual, las lenguas indígenas traducían los nombres de los lugares y de las personas. Esto explica que Querétaro tenga distintos nombres según el hablante: en otomí, Andamaxei; en purépecha, Querétaro; y en náhuatl, Taxco. Todos ellos compartían el mismo significado o concepto: “juego de pelota”.
De ello se desprende que es posible transitar de una lengua a otra también en los nombres de las personas. Hoy se sabe que Conín fue, si no el primogénito, sí el de mayor edad de los tres que llegaron a Querétaro, todos nacidos en el pueblo de Nopala, Jilotepec. Conín nació en 1500 (o 1498), seguido por su hermano Pedro Luys, nacido en 1507. Antonio habría nacido alrededor de 1503.
El apellido Luys, que funcionó como nombre gentílico, es una corrupción de Luÿ o Lue, que en náhuatl significa “rápido”; su traducción al otomí no se ha localizado. El nombre gentil de Antonio, Luna, probablemente correspondía al otomí zänä o al náhuatl miztli o metztli. Sobre Antonio Ometuchil se sabe que su nombre figuraba en el calendario azteca como “dos conejo” (ome: dos; tuchil: conejo).
El que se conservara el numeral nos permite reconstruir su significado calendárico con precisión. “Antonio Ometuchil” significa “dos conejo”, es decir, habría nacido el octavo día de una veintena o mes. El conejo estaba relacionado con la Luna y la creación del mundo, así como con el maguey y el pulque. Según la descripción del Códice Florentino (lib. IV, fol. 270 r.), la persona nacida en este día “no hace otra cosa que beber vino. Quien nace en esta fecha es el más grande borracho”.
Como caso especial, el numeral está pintado con rojo minio, de origen europeo, usado desde la Edad Media para ilustrar manuscritos. Esto podría indicar que la atribución de esta característica se vinculaba a la energía del sol español y no al sol mexica, ya que: “Es sabido que las bebidas embriagantes en Tenochtitlan estaban controladas por el ciclo ritual; todos los habitantes podían ingerir pulque en determinadas fiestas y con un propósito específico. En cambio, bajo el dominio español, las pulquerías se volvieron un negocio y los nahuas comenzaron a embriagarse por vicio o diversión” (Magaloni, p. 50-52).
La revisión de documentos indica que otros individuos formaron parte del grupo que llegó a La Cañada con Conin:
Fernando Bocanegra o Nanacatli
Alonso Quaotl, conocido como “el viejo Quaotl”
Hernando Tenicanaca o Tenice, ayo y procurador de menores. En otomí: huaca (costra), canacti (cosa delgada, papel, tela, tabla), teni (flor, ritual)
Alonso Santiago
Tezuaneci, posiblemente relacionado con “ayrar a otro” o señal de enojo
Todos estos otomíes afirman haber arribado como grupo hacia 1527-1528. No obstante, en la Relación de Méritos y Servicios de Conin, la participación de algunos de ellos está borrada, con el fin de presentar a Conin como único protagonista. Algunos testigos destacan la participación relevante de Alonso Santiago y Alonso Cuaotl. El caso más inquietante es el de Fernando de Bocanegra o Nanacatli, quien en este documento del siglo XVI aparece como cabeza o señor otomí, para luego ser desplazado y permanecer únicamente como cacique tras tres años.
El mito de fundación: Juan Bautista Criado y Juana Bautista Criado
Sobre los grupos chichimecas asentados en el territorio de Tlachco, el mito oficial de la fundación de Querétaro—el de la supuesta batalla en el cerro de Sangremal entre Otomíes y Chichimecas y la aparición “milagrosa” de Santiago—nos remite a la pareja chichimeca Juan Bautista Chichimeca Criado y su esposa Juana Bautista Chichimeca Criado, cacica de La Cañada. Se refiere a ellos como los primeros bautizados y casados según los ritos católicos españoles, tras la batalla simulada o pactada entre las huestes conquistadoras Otomíes y los Chichimecas de Querétaro, un 25 de julio, día del señor Santiago, en 1531. Aunque es de notar que el Acta de Fundación de San Bartolo Aguascalientes señala el año 1534, lo que parece más preciso, ya que fue cuando Tlachco/Querétaro se sujetó al encomendero español de Acámbaro, Hernando de Bocanegra. Según esta Acta, tras la batalla se colocó una Santa Cruz en el cerrito de Sangremal.
El nombre Bautista corresponde al bautizo impuesto por los frailes, a propósito del santo cristiano San Juan Bautista, cuya iglesia conmemora en dos fechas: 24 o 25 de junio, su natividad, y 29 de agosto, su degollación, lo cual no coincide con el 25 de julio, día del señor Santiago.
El apellido Criado, en realidad, sería el nombre gentil traducido al castellano. No se ha localizado la voz Pame correspondiente, pero podemos atender a lo que indican las lenguas francas de Querétaro: el Otomí y el Náhuatl. En Otomí, la voz para “criado” es b´ëgo.
En Náhuatl, encontramos varias formas que ayudan a precisar su sentido. Una es tlacazcaltillim, que designa a la persona criada desde niño en casa, expresando el “ser originario o nativo” de un lugar. Otro significado relevante es pilli, que no se aplicaba a macehuales o peones, sino al noble o principal sujeto a un señor. Esto coincide con el caso de Juan Bautista y su esposa, ya que él era capitán militar y ella, cacica de La Cañada. De ello se desprende que el nombre “Criado” no designaba a un individuo, sino una condición social y política: un noble o pilli Chichimeca sujeto a un señorío (en Europa, la nobleza sujeta al rey se llamaba “vasallo”). Su apelativo gentil original se desconoce. Tampoco está claro a qué señorío prehispánico se refería: ¿uno Chichimeca?, ¿el de Jilotepec?
En las Cartas de Servicio de Trabajadores del Campo y la Ciudad, Presos en los Obrajes (1588-1609), publicadas por Urquiola, aparece un Juan Bautista que ejerce como alcalde, así como un preso llamado Pedro Ebego. Jiménez (2010, Documento 26: 326) presenta un pedimento de protección de tierras y aguas de 1614, elevado tras la muerte del hijo heredero de Conín, el cacique Diego de Tapia, por linajes asentados en la Otra Banda del río Blanco (hoy río Querétaro o Universidad), quienes debieron enfrentar al Convento de Santa Clara como heredero de los bienes de los Tapia. Entre los firmantes de esta élite indígena figuran dos indios—Andrés y Lucas—de apellido Ebego, es decir, “Criado”.
Esto permite imaginarlos como descendientes de los caciques chichimecas que salieron de La Cañada para trasladarse a Tlaxco. Ebego/Criado pasó a ser apellido de un linaje. Es probable que la leyenda del bautismo de estos caciques chichimecas se haya construido a partir de su descendencia o, al menos, que ellos hayan tenido alguna participación en ella para reclamar derechos o privilegios.
Los grupos chichimecas en la fundación de Querétaro
En los estudios sobre la fundación oficial o mítica de Querétaro hay un gran ausente: los chichimecas que fueron despojados de su territorio ancestral en el contexto de dos procesos de la conquista. Primero, por las avanzadas de los conquistadores otomíes de Jilotepec, y después, por los conquistadores españoles. En el marco del pleito entre los chichimecas y Conín, existe un acta que data del 7 de agosto de 1543. Esta nos traslada a un tiempo determinado, apenas un año después del aplastamiento de la guerra del Mixtón en Zacatecas, conflicto que sin duda trajo un escenario muy desfavorable para los chichimecas de la región, quienes, según Conín, también se hallaban levantados.
Ese año coincide con la furiosa epidemia del cocolixtli, una de las más devastadoras entre los indígenas. También es la fecha en la que se resolvió el largo pleito entre Nueva Galicia y Nueva España por la jurisdicción de Querétaro. La Real Audiencia falló a favor de Nueva España/Jilotepec, lo que implicó la sujeción de los pueblos de Tlachco/Querétaro y Cincoque/Apapátaro. Por ello, las autoridades de la República de Naturales de Jilotepec se presentaron en dichos pueblos para tomar posesión (Jiménez, 2014: 223). Primero se dirigieron a Cincoque/Apapátaro (región de chichimecas) donde fueron recibidos por sus principales. Posteriormente, se trasladaron a la morada de Conín o Hernando de Tapia en Tlachco, también para tomar posesión, en este caso de manera forzada.
El documento que versa sobre Apapátaro registra que los principales pames o chichimecas que recibieron a las autoridades de Jilotepec eran pilli y tequitlatos (Tequihtlatoque: los que ordenan el trabajo, los que recogen el tributo, importantes magistrados que ungían a los nuevos señores o reyes). Estos eran: Alonso Otonzi, Alonso Tlapoatl, Tlalotl, Alonso Quatl y el intérprete de lengua chichimeca Tlaytoqui. Casi todos ellos ya estaban bautizados, pues sus nombres gentiles llevaban antepuesto uno castellano, generalmente “Alonso”, posiblemente por el encomendero de Jilotepec o por algún fraile. La excepción fue Tlalotl.
Si se analiza el significado de sus nombres, se aprecia un complejo simbolismo:
Otonzi: alude al primer caudillo otomí, Otontecutli, quien también era adorado por los mexicas.
Tlapoatl, en náhuatl: “el adivino de los agüeros o de las suertes”, función religiosa o sacerdotal del sortílego; en otomí se dice bädi.
Tlalotl, en náhuatl: “el que habla o tiene la palabra”; en otomí: ñö o zofo, posiblemente relacionado con funciones políticas, quizá como embajador.
Quatl, al parecer no bautizado, significa “el cabezudo, el cabeza negra”. Deriva de quahtl: águila (en otomí: nxüni), lo que denota sus funciones como guerrero o militar. El vocablo en otomí nxüni pasó a ser apellido y aparece en los registros de los presos en los obrajes y en la élite indígena de la Otra Banda. En documentos posteriores se menciona un Alonso Chichimeca ejerciendo autoridad en Apapátaro.
Tlaytoqui: el intérprete. Tal como está registrado, este nombre en náhuatl significa “el que atiza el fuego”, lo que remite al encendido del fuego en los adoratorios (en otomí: ka´tsi, “echar leña al fuego”), aunque podría ser un sentido metafórico. Por otra parte, debido a su ejercicio como “lengua”, podría tratarse de un error de escritura y en realidad corresponder a tlatoque. De ser así, su nombre indicaría sus funciones u oficio como intérprete.
Podemos preguntarnos si el nombre gentil o nativo de estos pilli se refiere al individuo como tal, o a las funciones político-religiosas que desempeñaban. ¿Eran caciques y tequitlatos chichimecas, tal como se presentan en los registros? ¿Desempeñaban también las funciones político-religiosas que expresan sus nombres? En general, los nombres registrados sugieren el carácter religioso de Apapátaro/Cincoque. Esto recuerda, a manera de hipótesis, la existencia de señoríos duales: un centro religioso (en este caso Apapátaro-Cincoque) y un centro político (Tlachco).
La voz de los chichimecas comienza a vislumbrarse con mayor claridad en 1997, cuando Rangel localiza en archivos notariales de Puebla un acta titulada Relación del cacique chichimeca de Tlachco-Querétaro, fechada el 25 de julio de 1554. Este documento se acompaña de otra acta notarial de los caciques de Jilotepec reclamando la sujeción de Tlachco.
La gran importancia del primer documento radica en que, en él, los chichimecas denuncian el despojo de su territorio por Conín, entonces bautizado como Hernando de Tapia, acusación que adquiere mayor peso al sumarse otras denuncias, como las de los chichimecas de Júrica o las de Huimilpan, igualmente en el sentido de despojo y expulsión.
En esta acta notarial intervinieron intérpretes de lengua mexicana y chichimeca, aunque no se especifica de cuál variedad se trataba. Los firmantes son el señor chichimeca Alonso Poalcy y los principales Juan Yatlapal, Juan Coyotl y Domingo Cocuma. Poalcy se identificó como “señor del pueblo de Cyncoque, que por otro nombre se llama Papátaro, y señor del pueblo de Querétaro”, antiguamente llamado Tlachco, y señaló que sus padres y abuelos habían sido señores naturales de este último. Su denuncia fue:
“Que antes de que don Hernando viniese a él, se llamaba y nombraba Tlaxco, y teniendo ellos y otros principales y macehuales chichimecas en él edificadas y hechas sus casas y sementeras, y viviendo en él quieta y pacíficamente, el dicho don Hernando, que ahora se dice y nombra gobernador del dicho pueblo de Querétaro, con otros dos hermanos suyos, naturales de la estancia de Nopala, sujeta al dicho pueblo de Xilotepeque, se vinieron a vivir y morar en él, podrá haber veinte y cuatro años (1530), los cuales trajeron al dicho pueblo para vivir en él muchos indios otomíes, y teniéndolos juntos por fuerza y tiránicamente, contra la voluntad de los vecinos chichimecas que estaban en el dicho pueblo, y sido como dicho es, el dicho Alonso Poalcy señor de él, y teniendo debajo de su dominio a todos los demás principales y macehuales de él, les tomaron y ocuparon el dicho pueblo y todas sus tierras y términos de él, y desde el dicho tiempo a esta parte, han estado y están desposeídos y desnaturados del dicho pueblo de Querétaro, que por otro nombre se llama Tlachco, y se lo tiene el dicho don Hernando tomado y usurpado forciblemente” (Cruz, 1997: 42).
¿Quiénes eran estos principales que elevan su voz cuando ya se está edificando Querétaro en el valle que hoy ocupa? Sus nombres llevan antepuesto uno castellano, pues ya han sido bautizados. Sus nombres de gentilidad están expresados en lengua mexicana. El del señor Poalcy, derivado de poa, significa “ser soberbio”, pero no sólo se asocia al acto de mandar, sino también a contar, leer y adivinar. La terminación in indica su estatus de persona noble, de pilli.
En el caso de Yatlapal, el nombre proviene del náhuatl atlapalli y significa “ala de ave”, donde “ala” funciona como metáfora de pueblo. De este término deriva el apellido Patlani, un largo linaje indígena en San Miguel de Allende.
Cóyotl, del náhuatl coyotl, significa “coyote” o “raposa”, y se refiere a un animal similar al zorro. Entre los mexicas, el coyote era un animal sagrado y su presencia destaca en la toponimia de Querétaro. Finalmente, Cocuma proviene del náhuatl cocoa, que significa “enfermo, doliente, lastimado, tener dolor, lisiado”, y de oma, que significa “mucho”. Es decir, “muy enfermo” o “muy lisiado”. Su nombre, sin duda, no corresponde al de nacimiento ni al calendárico, sino que deriva de una condición de vida: haber sido presa de la furiosa peste del cocolixtli, una de las epidemias que diezmaron a los pueblos indígenas y que dejó secuelas como ceguera, mutilaciones, lisiados, cojos o deformidades en brazos, piernas, boca y nariz. ¿Elevarían estos chichimecas sus súplicas a Titlacauan, su dios invisible, en medio de estas enfermedades incurables y contagiosas? Titlacauan, creador del cielo y de la tierra, todopoderoso, otorgaba a los vivos pobreza, miseria y enfermedades incurables y contagiosas como lepra, bubas, gota, sarna e hidropesía cuando estaba enojado. ¿De qué chichimecas estamos hablando? Ciertamente no de salvajes, sin asiento ni cultura, como los calificaron tanto españoles como otomíes.
Las crónicas no atendieron a la forma en que los chichimecas se identificaban a sí mismos ni a cómo se autonombraban. Además de la lengua, existían otros marcadores de identidad grupal que fueron invisibilizados: su lugar de asentamiento, sus dioses tutelares, banderas y escudos, atuendos, tocados, peinados y teñido de cabellos, así como huellas corporales como pinturas, tatuajes o “rayas en la cara” (una, dos, tres, etc.). Todo ello tenía profundos significados simbólicos, articulados a su cosmovisión y mundo mágico-religioso.
Por la voz del propio Conín y otros testimonios, sabemos que los grupos asentados en Tlachco/Querétaro eran pami, es decir, pames. Según las crónicas, los pames se dividían en varias “parcialidades”: alaquines, mascorros, macolias, coyotes y samúes. En el caso de los asentados en Tlachco, los testimonios permiten identificarlos: eran los mismos de sichu y suchiula, es decir, pames de la parcialidad samúe.
Es un hecho la larga negación de los pueblos chichimecas en la historia de la fundación. Hoy resulta necesario y posible contrarrestar el estereotipo que los califica como salvajes, pues contaban con un grado de organización y cultura propio.
Toda esa historia está por conocerse, y su difusión seguramente modificará nuestro relato, no solo en lo relativo al mito, sino también en la visión de la historia oficial que presenta a Conín como único fundador. Conín no llegó a tierras inhabitadas ni baldías; llegó a un señorío chichimeca. Es decir, pueblos con trascendencia histórica precedieron a Querétaro. Las aportaciones más recientes revelan la riqueza de este proceso y destacan la necesidad de recuperar la memoria de quienes quedaron fuera, grupos que tuvieron una participación significativa.
