
¿Docuficción? ¿Ficción con rasgos de realismo? ¿Testimonio audiovisual? Ninguna etiqueta alcanza a englobar por completo la esencia de la más reciente cinta del director mexicano Julio Hernández Cordón, quien se vale de la libertad narrativa del cine contemporáneo para construir una historia que transita entre la incertidumbre del presente, la subjetividad de los recuerdos y los fantasmas de la memoria.
Con una trayectoria amplia y reconocida —en la que se inscriben Cómprame un revólver (2018), Atrás hay relámpagos (2017), Te prometo anarquía (2015), Polvo (2012), Hasta el sol tiene manchas (2012), Las marimbas del infierno (2010) y Gasolina (2008)—, en Se escuchan aullidos (2020) Hernández Cordón articula elementos visuales y narrativos que se sitúan fuera de los márgenes clásicos del cine para configurar, de manera paradójica, una no película o, si se prefiere, una meta-película.
Con una estructura que retoma recursos del documental, Se escuchan aullidos se presenta como un autorretrato atípico protagonizado por una niña que, acompañada por su padre —quien le susurra historias al oído—, por un fantasma cargado de poesía y por una mujer lobo que toca el piano, emprende en bicicleta la búsqueda del lago de Texcoco. La aparente sencillez del relato se cubre de múltiples capas que dialogan con la lírica para construir una atmósfera de ensoñación que acompaña al espectador a lo largo de la cinta.
Como en sus trabajos anteriores, el sello del director se encuentra en la exploración libre del lenguaje cinematográfico. Una búsqueda constante por llevar lo audiovisual más allá de su propio soporte y situarlo al mismo nivel de aquello que se narra o se muestra. Desde los primeros minutos de la película, Hernández Cordón expone su intención de configurar lo que denomina una “película Instagram”, en un guiño crítico al tiempo líquido que habitamos.
En palabras del propio Cordón, Se escuchan aullidos es una película de búsqueda formal y narrativa en torno a la memoria: la memoria como herramienta para apropiarse del espacio físico; la memoria como construcción de un mapa emocional que distorsiona el presente. “Lo que me propuse fue intervenir los lugares donde crecí y recrear mis recuerdos a partir de la actuación o participación de mi hija. Ella es el puente entre mis vivencias y el presente”, señala.
Los temas que atraviesan la cinta se sostienen en las preocupaciones del director en torno al desastre ambiental derivado de un urbanismo sin planeación, el despojo, la corrupción y la violencia que persisten en México desde hace varios años. Con una economía de recursos y elementos visuales, Julio Hernández Cordón construye un discurso político que concibe al cine como vehículo de reflexión frente a un presente marcado por lo fantasmagórico y por la dificultad de imaginar un futuro distinto para las generaciones que vendrán.
