Esto del género siempre ha sido un asunto medio curioso para mí. De pequeña, tenía muchas ganas de ser niño porque eran más libres y, según yo, estaban completamente a salvo de las agresiones sexuales. Me costó mucho trabajo aceptar mi ser mujer y mi ser lesbiana. Pasé por una etapa en la que me asumía bisexual para «no darlo todo por perdido», y luego, en alguna ocasión, me miré al espejo y pensé: «¿Qué tal si soy hombre?».

Las características de mí que son leídas como masculinas me gustan mucho: mi voz a veces grave, mis manos toscas, mis facciones de pronto duras. Mi expresión de género. Una vez que logré conciliarme con mis gustos fue cada vez más tendiente a lo andrógino o tradicionalmente masculino —«fachoso», dirían mis viejxs—, y me ha fascinado cómo puedo llegar a lucir. Y sí, de verdad, por un tiempo jugué con la idea de transicionar e identificarme como hombre trans. Me miraba al espejo, me imaginaba sin senos, quizá con barba; cuando iba al gimnasio me encantaba verme al espejo mientras mis bíceps se hinchaban al levantar las mancuernas, y una de mis fotos favoritas de mí es la que muestra el tatuaje en mi omóplato izquierdo justo después de que me lo hicieran porque los músculos del hombro se me ven marcados. Y me preguntaba: «Si fuera trans, ¿tendría novia? ¿Sería atractivo? ¿Me parecería más al idiota de mi papá?»

Durante los últimos dos o tres años, más o menos, los discursos transexcluyentes se han colado tremendamente en los espacios feministas, y es curioso, las compas hablan mucho de las mujeres trans, pero poco mencionan a los hombres trans. A las primeras, les niegan su identidad, las llaman con pronombres erróneos, usan sus dead names[1], las insultan y les dicen «machos con falda», y cosas francamente peores. Dicen que crecieron privilegiadas por haber nacido y sido socializadas como varones —cosa debatible si le dedicamos el tiempo de investigación que se merece—, y que nunca, nunca podrán ser mujeres. Dicen que su ser mujer está en su cabeza. Que hagan lo que hagan, «la biología no miente», nacieron hombres y siempre serán hombres. Tremendo discurso de odio y discriminación. Tremendo discurso antiderechos.  

Pero de los hombres trans casi no hablan; cuando lo hacen, la historia es casi la misma: negación de la identidad y afirmación de que son «lesbianas confundidas que han sido convencidas por el sistema patriarcal para llamarse a sí mismas “hombres”». Claro, no les dicen «mujeres con pantalones» porque pues como que no les funcionaría tanto. Aunque su discurso contra los hombres trans no sea tan virulento, es igual de ofensivo y nefasto. Mira que pensar que tienes la autoridad para definir la identidad y la orientación de alguien. ¿No les recuerda eso el discurso del Frente Nacional por la Familia y organizaciones de ese tipo? Qué ironía.

Así que no sé qué hubiera pasado de haber descubierto que era un hombre trans: ¿Cómo me hubieran recibido mis compañeras feministas? ¿Me habrían recibido? Además de estas dos preguntas, me cruzan la cabeza algunas más: ¿De verdad no han analizado como su discurso no dista mucho del de lxs antiderechos? Dicen que una mujer trans lo es solo en su cabeza y que «se nace mujer» —contradiciendo a Simone cuando no se cansan de citarla—; pelean por un lado contra el binarismo y el biologisismo, pero se contradicen en seguida cuando hablan de «elegir» la identidad de género. ¿Cuál es la diferencia entre eso y, por poner solo un ejemplo, la afirmación de la ultraderecha y la religión cuando dicen que una terapia de reconversión puede corregir nuestro lesbianismo? Tantas veces he pensado en escribir al respecto, pero siento que no tiene sentido si la gente se predispone y ha decido a priori que algo es como ellxs piensan.

Soy mujer. A veces me identifico un poco como hombre. Soy demigénero: la mayor parte del tiempo me identifico como mujer, pero en ocasiones mi género es masculino. Mis pronombres son «ella/elle». Me reconcilié un poco con el mundo que me hizo odiar ser mujer y pude amar mi cuerpo y esa parte de mi género. Antes no me consideraba queer, no-binaria ni género fluido, porque, para ser muy honesta, no tiene mucho que se me quitó el miedo —¡miedo a las feministas «radicales»!— de nombrarme como soy. Y soy una mujer lesbiana a la que le gusta lucir andrógina y que ciertos días es un hombre. Pero pensé muchas veces en transicionar. Me pienso como hombre y me gusto. Me pienso como hombre y soy guapo. Juego con la idea, me caracterizo y disfruto las confusiones que causo. Y quién sabe, la vida da muchas vueltas, la sexualidad es una cosa tremendamente diversa y capaz que un día les digo: «Hola. Por favor, llámame Daniel».  

Las mujeres trans SON MUJERES; los hombres trans SON HOMBRES, y eso no está solo en sus ideas —lo que sea que piensen ustedes que son las ideas—, y no es un constructo social solamente —los estudios científicos[2] avalan lo biológico de las identidades trans—, y no podemos seguir negándoles su identidad. Los asesinatos de mujeres trans son transfeminicidios, y existe el transfeminismo, y no, carajo, NO es misoginia.   

Supongo que escribo esto para despejar dudas sobre mi postura. Hace tiempo publiqué en Facebook lo siguiente: «Y si les dijera que voy a transicionar para ser hombre?». Las respuestas que recibí a mi publicación fueron muy bellas; me descubrí amada y apoyada por aquellas, aquellos y aquelles a quienes amo y apoyo. Necesitamos ser eso para nuestras hermanas y hermanos trans. No concibo un feminismo sin esa inclusión. No concibo un feminismo pseudoradical antiderechos. Si marcho, es por todas. Si las tocan a ellas, también me tocan a mí.


[1] El dead name de una persona trans es el nombre con el que se le bautizó con base en su sexo asignado. Digamos, pues, que yo, Tanya, decido transicionar y ahora elijo llamarme «Daniel»; si después de esto alguien insiste en llamarme «Tanya», está usando mi dead name, está haciendo dead-naming, y es algo muy culero y ofensivo.

[2] No les voy a poner referencias. La neta, esfuércense tantito y usen Google Académico.


Tay Salander
tiresiassalander@protonmail.com
Señora milenial nacida en los ochenta en un pueblo conservador que no aguanta ni su feminismo ni su lesbianismo. Eterna aspirante a escritora, aficionada a la divulgación científica en temas de salud mental, medio lingüista, (casi) Maestra en Traducción, docente, activista y sobreviviente de la iglesia cristiana.

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