Tengo siete diarios coleccionados con entradas que van desde el 2005 hasta este turbulento 2020. No siempre fui constante, a veces pasaban meses sin que escribiera algo. Además, alguna vez mi madre encontró uno de esos cuadernos míos y me lo quitó porque había poesía lésbica —«Tienes talento para escribir, pero no lo uses para esas cosas», me dijo—. Otro de mis diarios se lo quedó un «amigo» de la iglesia por más o menos las mismas razones. Leer esos diarios me remonta a épocas muy cabronas de mi vida. Bueno, muchas son aburridas, pero entre lo irrelevante aparecen pasajes que me recuerdan de dónde he tenido que salir. Nothing changes. People don’t change. I, somehow, became this person, this troubled, stubborn, weak, fearful, homosexual person, and I cannot change. I am imperfect, sin is within me, and I will not be free of it until I die, escribí a mediados de 2012. ¡Cómo me odiaba por aquellos tiempos! Para diciembre de ese año ya me había enamorado otra vez, y un año más tarde, en 2013, escribí: «Es 25 de diciembre y caigo en la cuenta de que ya perdí la cuenta de cuántas navidades y años nuevos han transcurrido en competa desgana, entre rupturas amorosas, distanciamientos familiares o simple depresión decembrina».  

La neta es que las cosas no han cambiado tantísimo. Es decir, las fiestas decembrinas no me emocionan. Lo diferente este año fue, por supuesto, la pandemia. No hubo reuniones familiares, nada de saludos y preguntas incómodas, nada de pelearse por quién iba a lavar los trastes de la cena al día siguiente —o esa misma pinche noche—. Sé que para muchas personas no poder estar con toda su familia significó sufrimiento. Para mí fue tranquilidad. Y no es porque este año mis padres y hermano no me hablen por ser lesbiana; no es porque esté con el ánimo hasta el suelo por haber terminado alguna relación ni tampoco porque no tenga un centavo. En realidad las cosas están bien. Mis viejxs le han bajado tres rayitas a su lesbofobia —mi madre, sobre todo—; de últimas me llevo bastante bien con mi hermano; mi relación de pareja se ha estabilizado y estamos formando un hogar juntas, y la beca de Conacyt alcanza para lo necesario. Pero, aún así, agradecí no tener que hacer una reunión masiva y fingir que celebro la Navidad por algo más que no sea tener el día libre. Sí, pasé a saludar a mi abuela, mi mujer cocinó algo especial y todo el rollo, pero al final solo estuvimos ella y yo. Cenamos rico, nos regalamos cositas, nos tomamos selfies, nos metimos a la cama a leer y nos dormimos temprano.  

A mis 35 años no es que haya podido nunca sentir «la magia de la Navidad». Es que, simplemente, eso nunca existió. Durante buena parte de mi vida, estas fechas significaban recordar lo poca cosa que era en comparación con el supuesto rey del universo, señor y salvador de mi alma. Significaban ver pasar otro año sin lograr dejar de ser una decepción para mi familia cristiana, sin poder dejar de ser gay a pesar de las oraciones, de las horas leyendo la biblia y escuchando a los pastores referirse a mi orientación sexual como «abominación». Y antes de eso, antes del cristianismo, significaban la inocencia de no saber lo jodida que puede estar una familia, de no saber lo hábil que puede ser la gente para ocultar, al menos por una noche, las heridas que cargan y las que infligen.  

Todo esto es para decirles que este año las cosas no estuvieron tan mal. Ya no escribo en mi diario —aunque lo tengo por ahí por si de repente me agarra la necesidad… y además está esta columna—, sino que trato de decir y hacer las cosas que antes solo dejaba en papel. Ya no me odio tanto. Ya no voy a una iglesia a que me recuerden que todo lo hago mal nomás por existir —aunque, eso sí, Jesus loves you! —. Ya no dejo que mi familia se pase de lanza, y en ese demostrarme amor a mí misma, mi familia ha aprendido a amarme mejor también. El 2020 se acaba, y como muchxs estoy ansiosa por decirle gurl, bye!, aunque sepa que el primero de enero del 2021 todo seguirá igual. Pero no dejo de ser humana y cargar conmigo esos pequeños rituales, esos simbolismos, esas ideas que dotan de algo fundamental a darle la vuelta a la hoja de un calendario —¿todavía usamos calendarios impresos?—. A la vida todavía no le agarro mucho sabor que digamos… quizás en unos diez años más, quizá no. But who cares. Le digo bai al 2020 como se lo dije al 2019, al 2018, al 2017, un largo etcétera, y todos esos años para mí, según mis registros, estuvieron del asco; la cosa es que cuando una aprende a que no se le escape ningún detalle culero, pues va por la vida con mucho pesar la mayor parte del tiempo, con algunos momentos de felicidad y éxtasis en el medio. Y está bien. No tenemos por qué ver la vida color de rosa. La gama de colores está ahí, y es bonita, y está bien.

Y si llegaron hasta acá, pues felicidades por haber sobrevivido a uno de los años más caóticos de este nuevo milenio. Felicidades por amar, por luchar contra lo que les mantiene en las tonalidades de grises y pintar su mundo con los colores que tienen a la mano. Felicidades por alzar la voz, y también por quedarse calladxs, pues a veces nos urge el silencio. Felicidades por haber ayudado a alguien en necesidad y por haberse dejado ayudar cuando lo necesitaban, pues esto último requiere mucha más fuerza de voluntad que lo primero. Felicidades a todAs, a todos y a todEs por ser ustedes, en un año más de violencias y odio. Soy pesimista desde que tengo memoria, pero, de todo corazón, y aunque las evidencias quieran convencerme de lo contrario, les deseo un muy feliz, exitoso, pacífico, amoroso y próspero año nuevo.


Tay Salander
tiresiassalander@protonmail.com
Señora milenial nacida en los ochenta en un pueblo conservador que no aguanta ni su feminismo ni su lesbianismo. Eterna aspirante a escritora, aficionada a la divulgación científica en temas de salud mental, medio lingüista, (casi) Maestra en Traducción, docente, activista y sobreviviente de la iglesia cristiana.

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