El presente ensayo es una versión corregida de uno que escribí en el 2017 para una clase sobre educación de la sexualidad. Casi cuatro años más tarde, el tema del consentimiento sexual sigue rodeado de los mismos mitos e ignorancia. Espero que esta información aclare un poco el panorama.

Según el National Sexual Violence Resource Center[1] tener una sexualidad saludable implica tener el conocimiento y el poder de expresar nuestra sexualidad de manera que enriquezca nuestra vida (NSVRC, 2015). En un mundo ideal, toda persona podría practicar una sexualidad libre de coerción y violencia. Uno de los problemas en este sentido es que no nos queda claro qué significan estos últimos dos conceptos y cómo la cultura en la que estamos inmersxs afecta nuestra comprensión de los mismos. Podemos definir el «consentimiento sexual» como «la serie de actos en la que las personas involucradas en una relación sexual otorgan el permiso para que algo pase o se ponen de acuerdo para llevar a cabo alguna actividad sexual» (NSVRC, 2015). Esto está en oposición a la definición de «coerción sexual»: «cualquier tipo de presión, física o emocional, utilizada por una persona para imponer a otra actos de orden sexual» (Saldivar, Ramos, & Romero, 2008). Parecería que con solo definir «consentimiento» y «coerción» sería suficiente para librarnos de problemas, pero no. En un estudio realizado por investigadoras del Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente se encontró que hombres y mujeres relacionaban el concepto de «coerción sexual» con el uso de violencia extrema (Saldivar, Ramos, & Romero, 2008), siendo que este no es siempre el caso. Es importante entonces aclarar qué es el consentimiento sexual para darnos cuenta de cuáles son las características de un acto sexual coaccionado o no consensuado, es decir, de una violación o abuso sexual.

Características el consentimiento sexual

En el párrafo anterior tenemos la definición de «consentimiento sexual», pero es necesario ahondar en sus características y en al menos un par de aspectos polémicos relacionados con la capacidad de otorgar consentimiento, así como en el papel que la cultura juega en nuestra comprensión de ello. Así pues, el consentimiento sexual debe ser:

  1. Claro. «El consentimiento es activo». Se expresa mediante palabras o acciones que crean una autorización mutuamente comprensible. No es implícito à la ausencia de un no, no es un sí. Decir «no estoy segura/o», «no sé», «quizás» o frases similares NO significa dar consentimiento.
  2. Coherente. «La gente incapacitada por las drogas o el alcohol NO puede dar su consentimiento». Alguien que no puede tomar decisiones racionales y razonables debido a que no tiene la capacidad para entender el quién, qué, cuándo, dónde, por qué y cómo de la situación no puede dar su consentimiento. La gente que está dormida, inconsciente o en cualquier otro estado de vulnerabilidad, no puede dar su consentimiento.
  3. Voluntario. «El consentimiento jamás se otorga bajo presión». No puede obtenerse bajo manipulación psicológica o emocional; tampoco mediante violencia física o amenaza. Está basado en una equidad de poderes; alguien menor de edad, inconsciente, en una posición de subordinación o cualquier otra que implique vulnerabilidad, no puede otorgar consentimiento.
  4. Continuo. El consentimiento debe ser otorgado en todo momento, debe obtenerse a cada paso de la intimidad física. Alguien que consiente en una actividad sexual puede no querer ir más allá. Consentir en una cosa no significa consentir en todo.

Consentimiento, alcohol y edades mínimas

Uno de los aspectos polémicos sobre el consentimiento es aquel del alcohol. No podemos pretender que no existe gente que ha tenido sexo consensuado bajo los efectos del alcohol sin haber tenido mayor problema, pero es verdad que una persona intoxicada ve disminuida su habilidad para otorgar y obtener consentimiento. Es posible que cada persona conozca sus límites de tolerancia al alcohol, pero no es sencillo conocer esto respecto de alguien más. Un buen parámetro es que «si alguien está demasiado borracho/a para manejar, entonces está demasiado borracho/a para tener sexo» (Alptraum, 2016). Es posible manejar en estado de ebriedad sin que te pase nada o sin que hieras a alguien, pero es una pésima decisión, además de que es ilegal. En el artículo «Respuestas a cinco preguntas acerca del alcohol y del consentimiento que temes hacer» [2] (Friedrichs, 2016) hay una serie de consejos que me he permitido resumir en los siguientes puntos:

  1. El sexo entre personas bajo la influencia del alcohol «no siempre» es no consensuado. Como dijimos, mucha gente lo ha hecho con consentimiento de por medio, pero hay que considerar que el alcohol afecta nuestra capacidad de dar o recibir consentimiento. Por ello, si tú o tu pareja[3] han estado bebiendo, es bueno preguntar cosas como «¿aún quieres hacerlo? ¿Esto está bien? ¿Necesitas un descanso? ¿Lo estás pasando bien? ¿Qué más quieres hacer?». La comunicación es la clave en estos casos. Recuerda, si alguna de las partes «no puede» establecer comunicación, NO hay consentimiento.
  2. ¿Qué tanto hay que beber para que no nos sea posible otorgar consentimiento? La respuesta a esta pregunta es diferente para cada persona. Mis límites no son iguales a los tuyos, y es nuevamente la comunicación constante lo que nos dará la pauta. Hazte las siguientes preguntas acerca de tu pareja: «¿Puede comunicarse claramente? ¿Es coherente? ¿Está lo suficientemente sobria o sobrio para saber bien qué está pasando?». Si respondes con un «no» a cualquiera de ellas, o siquiera sospechas que podría haber un «no», deberías asumir que tu pareja no está en capacidad de consentir en la relación sexual.
  3. Digamos que tu pareja dijo «no» al sexo mientras estaba sobria, pero dijo que «sí» después de haber bebido. El consejo es proceder con mucha precaución. Claro, el alcohol sirve para disminuir esas inhibiciones de las que a veces nos queremos deshacer, pero la mayor parte de las veces esas inhibiciones están ahí por una buena razón. Lo mejor que puedes hacer es esperar a que la persona esté sobria y preguntar si realmente quiere tener sexo o no. Pregúntate cuánto ha bebido la persona desde la última vez que pediste su consentimiento y si alguna vez ha indicado que quiere tener sexo contigo mientras ha estado sobria.
  4. Si estás en una relación afectiva con la persona en cuestión, eso no implica un consentimiento automático. Claro que muchas parejas han tenido sexo bajo el influjo del alcohol sin problemas; además, cuando estás en una relación, el consentimiento no siempre implica una conversación constante puesto que la confianza y el nivel de conocimiento ayudan a saber cuándo todxs están dispuestxs a algo sin necesidad de decirlo. Sin embargo, siempre es importante preguntar, de manera constante, si lo que está pasando está bien. Pregúntate: «¿Hemos bebido juntos antes?». Si ese es el caso, ¿tu pareja ha demostrado que puede tomar decisiones lúcidas después de haber bebido? Un consejo importante: es mejor conocer cómo es el sexo con tu pareja y cómo es beber con tu pareja por separado antes de combinar las dos cosas.
  5. ¿Y si todxs lxs involucradxs han estado bebiendo? Esto no cancela la posibilidad de que una o más de las personas NO esté consintiendo en que se lleve a cabo un acto sexual. Algunos profesionales del área legal han explicado que, en situaciones en las que todos los involucrados han estado bebiendo, los cargos se imputan sobre quien se determine que inició la actividad sexual, aunque también hayan estado embriagados (Friedrichs, 2016). Si las partes involucradas han estado bebiendo, es importante entender que, quienquiera que inicie el sexo o que intente introducir un nuevo acto sexual, necesita confirmar que hay consentimiento de las demás partes. Si tú eres esa persona, es muy importante que no estés tan embriagado/a que no puedas solicitar tal confirmación.

Así como como haber estado demasiado bebido no es una excusa al momento de causar un accidente de tránsito, tampoco debería serlo para justificar una violación.

Otro aspecto polémico, y en cierto grado debatible, es aquel de la edad. En todos los países existe algo llamado «edad mínima de consentimiento», es decir, aquella edad en la que se considera que una persona es capaz de consentir la actividad sexual. Esto «tiene como objetivo proteger a las y los adolescentes de los abusos y sus consecuencias, de los cuales puede que ellos no sean plenamente conscientes al participar en una actividad sexual temprana» (UNICEF, 2016). Pero ¿cuál es la edad a la que una persona entiende las implicaciones de las relaciones sexuales de manera que pueda consentir en ellas? Observando datos a nivel global vemos que la edad de consentimiento varía de país a país. En el continente africano, la edad de consentimiento sexual se encuentra entre los 12 y los 18 años; en Asia, entre los 12 y los 21; en Europa, entre los 14 y los 18; en América del Norte, entre el inicio de la pubertad y los 20 años; en Oceanía, entre los 15 y los 18 años; y en América del Sur, entre los 13 y los 16 años (Wikipedia, 2017). En el caso de México, la edad mínima de consentimiento oscila entre los 12 y los 16 años, mientras que la edad en la que no hay restricciones para las actividades sexuales consensuadas es 18 años; de tal manera que tener relaciones sexuales con alguien entre los 12 y 18 años de edad no es ilegal per se, pero aún puede ser perseguido como delito debido a que constituye una conducta antijurídica. Por ejemplo, el delito de «estupro» se define en el artículo 262 del Código Penal Federal[4] de la siguiente manera: «Al que tenga cópula con persona mayor de quince años y menor de dieciocho, obteniendo su consentimiento por medio de engaño, se le aplicará de tres meses a cuatro años de prisión» (JUSTIA México, 2017). Además, partiendo del artículo primero constitucional sabemos que las y los mexicanos gozamos de las garantías estipuladas en todo tratado del que el Estado Mexicano sea parte. Tal es el caso de la Convención Sobre los Derechos del Niño (ONU, 2016), cuyo artículo 16 protege la honra y reputación del niño y del adolescente. Así mismo, la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes (DOF, 2014) establece garantías respecto a la integridad física, emocional y sexual de las y los jóvenes mexicanos (Art. 1°, fracc. II; Art. 5°; Art. 13, fracc. VII, VIII, IX y XVII; Art. 43; Art. 47, fracc. II). La situación es bastante ambigua, sin embargo, la UNICEF realiza un par de recomendaciones al respecto del establecimiento de una edad de consentimiento: a) La edad mínima […] no debería ser demasiado baja ni demasiado alta, y debe contener disposiciones que tomen en cuenta la diferencia de edad limitada entre las personas (tres años, por ejemplo); y b) Las leyes deben evitar penalizar las relaciones sexuales consensuales entre adolescentes teniendo en cuenta la diferencia de edad y el posible equilibrio del poder en la pareja en la determinación de la validez del consentimiento. Este último punto es importante, ¿qué tanta «validez» tiene el consentimiento de un menor de edad? Para ello, me parece importante abordar el aspecto científico.

La pubertad y la adolescencia son una época de abundantes cambios y no menos conflictos. Aunque el cerebro del adolescente tiene una alta capacidad de adaptación debido a que es mucho más plástico que en cualquier otro momento de la vida, esta plasticidad tiene como desventaja la vulnerabilidad:

«Durante este periodo, la corteza prefrontal (CPF), que está asociada con el control cognitivo e involucrada de manera importante en la integración entre los componentes cognitivo y afectivo del comportamiento, se encuentra entre las últimas regiones neurales en madurar completamente. Mientras tanto, las regiones subcorticales asociadas con los procesos motivacionales y afectivos (por ejemplo, la amígdala y cuerpo estriado) maduran relativamente temprano. Estas diferencias entre las trayectorias de desarrollo de la CPF y las estructuras subcorticales, sumado al continuo desarrollo del autocontrol y otras funciones de alto nivel, contribuyen a la vulnerabilidad adolescente a comportamientos riesgosos e impulsivos. Más específicamente, la brecha entre la maduración temprana de las redes socioemocionales y la maduración relativamente tardía de las redes cognitivas crea un estado desequilibrado en el que es posible que las emociones se antepongan a los mecanismos de control cognitivo. Esto hace que para los adolescentes sea difícil imponer limitaciones sobre comportamientos controlados por estímulos, y reduce su capacidad de razonamiento, juicio y control de impulsos». (Leshem, 2016)

Considerando lo anterior, podemos inferir que la capacidad de consentir en una relación sexual de los adolescentes está fuertemente influenciada por este estado neurológico. Es importante notar que este tipo de toma de decisiones es «difícil» para los adolescentes, más no imposible. De ahí que la edad de consentimiento en muchos países no sea tan alta. Sin embargo, aunque es verdad que un adolescente puede presentar características cognitivas y emocionales parecidas a las de un adulto, al mismo tiempo son más reactivos a los estímulos emocionales, lo cual nos lleva a considerar qué tan baja deba ser esta edad. ¿Qué tan capaz es un/a preadolescente de 12 años de entender las implicaciones de un acto sexual? Sobre todo si consideramos que en nuestro país la educación sexual integral (ESI) no está al alcance de todxs. ¿Qué tan probable es que un/a adolescente no ceda a algún tipo de presión, —sobre todo sutil— para iniciar o continuar su vida sexual? En ningún momento la intención es sugerir medidas que podrían calificarse de moralinas para limitar el ejercicio sexual de lxs adolescentes. Sin embargo, con base en la información disponible, resulta evidente que se debe poner un énfasis en la ESI, una que sea oportuna, veraz, y que esté caracterizada por una frecuente comunicación sin tabús, de manera que lxs jóvenes puedan tomar decisiones informadas y no coaccionadas respecto a su vida sexual.

Figura 1. Gráfico de edades mínimas de consentimiento en México al 2018. Extraído de Nares Hernández, José Julio. (2019). Edad legal mínima para el consentimiento sexual: garantía del derecho humano de los niños a la salud sexual. Derecho global. Estudios sobre derecho y justicia, 4(12), 113-142. Epub 28 de agosto de 2020.https://doi.org/10.32870/dgedj.v0i12.214

La cultura de la violación y la violencia de género

La cultura de la violación es «un ambiente en el que la violación es prevalente y en el que la violencia sexual está normalizada y es excusada por los medios y la cultura popular […] se perpetúa mediante el uso de lenguaje misógino, la cosificación de los cuerpos de las mujeres, y la “glamorización”[5] de la violencia sexual, creando por tanto una sociedad indiferente a los derechos y a la seguridad de las mujeres» (Southern Conneticut State University, 2016). La palabra «violación» tiende a causar incomodidad. Calificar a alguien de violador resulta escandaloso. Sin embargo, debemos ser conscientes de que llevar a cabo un acto sexual dentro de un contexto que carece de consentimiento es, por definición, una violación o abuso sexual. En una sociedad en la que la violencia de género es pan de cada día entender qué es el consentimiento y respetarlo resulta particularmente difícil. Las cifras no nos dejan mentir: cada día un promedio de 10.3 mujeres son asesinadas en México (Arista, 2020); de 2005 a 2013, unas 1 767 mujeres fueron asesinadas y otras 1 500 desaparecieron (Kraus, 2016); entre el 2010 y el 2015 se registraron casi tres millones de casos de violencia sexual (600 mil casos por año, 1 345 casos por día), 90% de las víctimas fueron mujeres, y 9 de cada 10 agresiones fueron cometidas por hombres de entre 16 y 45 años de edad (Fierro, 2016); 4.5 millones de infantes son víctimas de violencia sexual, y México ocupa el primer lugar en este rubro a nivel mundial (Figueroa, 2016). La violencia sexual es una realidad en nuestro país y en el mundo, y la cultura de la violación, además de la impunidad, son ingredientes principales de este panorama. La cultura de la violación se traduce en actitudes como las siguientes (Burnett, 2014):

  • Culpar a la víctima —«¡Se lo buscó»! «¡Ella lo quería!»—.
  • Trivializar los ataques sexuales —«Pues es que así son los hombres»—.
  • Bromas sexualmente explícitas.
  • Tolerancia al acoso sexual.
  • Inflar las estadísticas de falsos reportes de violación.
  • Definir la masculinidad como dominante y sexualmente agresiva.
  • Definir la feminidad como sumisa y sexualmente pasiva.
  • Asumir que sólo las mujeres promiscuas son violadas —o que no pueden serlo, como las prostitutas—.
  • Asumir que los hombres no son violados, o que sólo lo son aquellos que son «débiles».
  • Enseñar a las mujeres a evitar ser violadas en lugar de enseñar a los hombres a no violar.

El último punto en particular es clave de lo que se ha planteado a lo largo de este texto. Tenemos que enseñar a los hombres, —y a las mujeres— qué es el consentimiento, cómo luce, y subrayar la importancia de respetarlo. Pero ¿cómo lograr eso si la cultura presenta a las víctimas como culpables? ¿Cómo, si los medios de comunicación retratan a las mujeres como objetos que sirven para dar placer a los hombres de una forma u otra? ¿Cómo, si el mensaje que se envía a los hombres es que «un “no” siempre es debatible», que «”no” quiere decir “sí”», o que a las mujeres les gusta que el hombre sea agresivo, que «robar» un beso es algo romántico y deseable? ¿Cómo proteger a las infancias si cada vez se les sexualiza más frente a los ojos de todos? ¿Cómo, si incluso la clase política se pasea con cinismo al tiempo que se les señala como agresores de mujeres y niñas[6]? Aunque el panorama parezca desolador, hay varias cosas que podemos hacer al respecto. La primera y más importante es estar conscientes de que la cultura de la violación es una realidad que hay que enfrentar y combatir. Además, Burnett, 2014 propone lo siguiente:

  • Evitar usar lenguaje que cosifique o degrade a las mujeres;
  • Levantar la voz si escuchas que alguien más hace una broma ofensiva o trivializa la violación;
  • Si una amiga —o amigo— te cuenta que la han violado, tómala en serio y apóyala;
  • Piensa de manera crítica acerca de los mensajes de los medios sobre las mujeres, los hombres, las relaciones y la violencia;
  • Sé respetuoso/a del espacio físico de los demás, incluso en situaciones casuales;
  • Siempre comunícate con tus compañero/as sexuales; no asumas que hay consentimiento;
  • Define tu propia masculinidad o feminidad. No dejes que los estereotipos determinen tus acciones.

Por último, me gustará agregar un elemento a esta lista:

  • Evita perpetuar los mitos acerca de las agresiones sexuales. Algunos ejemplos son:
    • «El hombre llega hasta donde la mujer lo permite». Este tipo de pensamientos coloca, una vez más, la responsabilidad completa de un acto sexual sobre la mujer, siendo que dicha responsabilidad es compartida. Así mismo, da lugar a imputar culpa sobre una probable víctima, «Ella dejó que pasara; ella dejó que llegara tan lejos».
    • «Los hombres son agresores innatos». Esto es una representación de una concepción errada de la masculinidad. Además, suponer la agresividad como algo innato en un hombre, ultimadamente lo deslinda de su responsabilidad de no agredir a los demás.
    • «Un violador es un enfermo mental». La mayoría de los agresores sexuales son personas completamente normales. La motivación de una violación no es siempre la mera satisfacción de un deseo sexual, sino la ejecución de un acto de poder sobre alguien a quien se considera como un objeto para satisfacción personal. No hay estadística o investigación concluyente alguna que respalde a la patología mental como causa de las violaciones. Nuevamente, estaríamos deslindando a los agresores de su responsabilidad.
    • «Sólo los hombres violan». Aunque la mayoría de las violaciones son cometidas por hombres (Fierro, 2016), un porcentaje de estas son perpetradas por mujeres.
    • «Solo las mujeres pueden ser violadas». Aunque el porcentaje es menor en comparación con las mujeres, muchos hombres[7] han sido agredidos sexualmente, sobre todo en el transcurso de su niñez.
    • «Los violadores son personas extrañas». Más del 70% de las agresiones sexuales lo comete alguien que la víctima conoce. Más del 40% de las agresiones sexuales ocurre en el hogar de la víctima y otro 30% ocurre en el hogar de un amigo, vecino o pariente (Martínez, 2015).

Conclusiones

Hemos definido y descrito el concepto de consentimiento sexual, abordando de forma particular algunos elementos aparentemente polémicos del mismo. De igual manera se estableció una relación entre la claridad del mismo y la existencia de una cultura de la violación. Se han expuesto varias de las actitudes que delatan a la cultura de la violación, y se pone en evidencia que la lucha debe ser constante. Además, se sugieren estrategias para combatir dichas actitudes. Podemos concluir que, si continuamos solapando una sociedad en la que la violencia es la norma y en la que prevalece la ambigüedad sobre lo que constituye una agresión sexual, simplemente no quedará claro para nadie qué es un acto sexual consensuado, lo cual construye un ciclo extremadamente dañino para mujeres y hombres de cualquier edad.


[1] Todas las citas cuyo idioma original es el inglés han sido traducidas por la autora.

[2] 5 Questions About Alcohol and Consent You’re Too Afraid to Ask, Answered.

[3] Con pareja me refiero a pareja sexual, no necesariamente a alguien con quien se tenga una relación romántica.

[4] Puedes consultar todo lo relacionado a delitos sexuales a nivel federal en el Código Penal Federal a partir del Título Decimoquinto “Delitos contra la Libertad y el Normal Desarrollo Psicosocial”.

[5] Énfasis de la autora.

[6] Recordemos la candidatura recientemente aprobada de Félix Salgado Macedonio (MORENA) sobre el que pesan múltiples acusaciones de violencia sexual (Barragán, 2021), y el caso de José Elías Medel Galindo, hasta hace unos días precandidato por Movimiento Ciudadano por el Distrito Local 7 en Puebla, que exhibe en redes sociales su comportamiento pederasta con su hija de tan solo 10 años de edad (Hernández, 2021).

[7] La organización estadounidense 1in6 estima que al menos 1 de cada 6 hombres ha sufrido alguna agresión sexual ya sea en la niñez o adultez. Para más información, visita www.1in6.org


Tay Salander
tiresiassalander@protonmail.com
Señora milenial nacida en los ochenta en un pueblo conservador que no aguanta ni su feminismo ni su lesbianismo. Eterna aspirante a escritora, aficionada a la divulgación científica en temas de salud mental, medio lingüista, (casi) Maestra en Traducción, docente, activista y sobreviviente de la iglesia cristiana.

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