Fotografía: Laura Hernández


I

La primera vez que tomé un medicamento psiquiátrico tenía alrededor de veinticinco años, corría el 2011 y acababa de dejar la casa de mis padres. Me salí de ahí porque mi relación con ellos no iba nada bien; hacía un par de años o tres que habían descubierto que era lesbiana y eso era impensable en una familia cristiana. En un primer momento me corrieron de la casa, luego volví con la condición de que iba a cambiar. Sí, cambiar, o sea, dejar de ser gay con la ayuda de dios. Sobra decir que eso no pasó, pero esa es otra historia. Vivía, pues, por primera vez como una mujer adulta independiente. La relación sentimental que tenía en aquel momento pendía de un hilo; eso, junto con el estrés que me producía tener dos trabajos, además de una serie de traumas no trabajados, me trajo síntomas de ansiedad. Fue un médico general el que me recetó el clonazepam después de una consulta que duró quizás quince minutos.

Ya había tenido episodios de ansiedad y de depresión antes; comenzaron en mi adolescencia. Tengo 35 años y he vivido más de la mitad de ellos entrando y saliendo de estos episodios. La primera vez que le dije a mi papá que quería ir a terapia me dijo que no lo necesitaba, que dios era el mejor psicólogo y que él me iba a ayudar a resolver cualquier cosa que me estuviera pasando. Después accedió y comencé a tener sesiones con una psicóloga de la iglesia —que también era abogada— cada domingo después del culto —el culto es algo así como la misa, pero para los cristianos evangélicos, bautistas, protestantes, etc.—. El énfasis de la terapia estaba sobre tratar cualquier asunto que me hubiera llevado a sentir atracción por las mujeres, no en solucionar mi depresión y mi ansiedad. También sobra decir que nada bueno salió de eso.

Debía tomar de tres a cuatro gotas de clonazepam para dormir o en caso de crisis. Obedecí la instrucción las primeras semanas, pero luego pasé a cinco, seis, siete o más gotas a cualquier hora en días que podía faltar al trabajo porque simplemente no quería estar despierta. Un par de meses después de iniciar el tratamiento tuve que mudarme a un departamento más pequeño y barato porque mi compañera de cuarto se había quedado sin empleo y decidió vivir con su novio. Las cosas con mi novia iban de mal en peor y yo seguía acudiendo al clonazepam para amortiguar todo lo que estaba sintiendo. Llegó un momento en el que mi cerebro comenzaba el proceso de adormecimiento poco antes de la hora de la toma del medicamento, de manera que varias veces estuve a punto de quedarme dormida al volante en la carretera cuando regresaba a casa por las noches. También tuve alucinaciones y pánicos nocturnos. Decidí dejar el clonazepam, así de tajo.

No mucho tiempo después descubrí que mi novia llevaba ya tiempo saliendo con alguien más y eso me lanzó en una nueva espiral depresiva combinada con ataques de ansiedad. Mi memoria sobre aquel tiempo en realidad está fragmentada y no puedo acomodar los eventos de forma lineal. Después de un episodio en el que me zampé varias tabletas de Lorazepam —Tafil— después de haber bebido un six de cervezas y haber dormido casi 48 horas seguidas, supe que tenía que parar.

La depresión y la ansiedad no se fueron, claro. Tuve varias crisis más, lloraba por las noches, faltaba mucho al trabajo y me aislé de familia y amistades. Decidí buscar ayuda y comencé terapia psicológica, lo cual me salvó en más de un sentido. Sin embargo, en 2012 estaba de regreso en casa de mis padres porque no tenía dinero ni para pagar la renta y porque sentía que estar sola no era lo mejor con ese nivel de depresión. Los intentos por curarme de mi lesbianismo seguían, pero yo ya solo jugaba a que les hacía caso a mis papás; todo por tener techo y comida. El experimento duró muy poco y en 2013 salí huyendo, pero mi situación económica me obligó a pedir asilo en casa de mi abuela, donde estuve un poco más de un año. En ese lapso, le pedí a un médico amigo de la familia que me ayudara a conseguir una cita en el área de psiquiatría del Hospital General de Querétaro, donde él trabajaba. Lo hizo, no sin antes llevarme de paseo por todo el hospital mostrándome a pacientes con enfermedades terminales, pero con muchas ganas de vivir, no como yo, que lo tenía todo, que estaba «sana» y de todas formas quería morirme. Me parece que justo ese era el punto, mi «tristeza» y mis «nervios» no eran normales.

Las citas con el psiquiatra duraban quince minutos y sucedían cada dos o tres meses. En la primera ocasión, el doctor me escuchó y propuso dos medicamentos, un antidepresivo y un ansiolítico. Esta vez, con la guía del psiquiatra y con el apoyo de mi psicóloga, seguí las instrucciones al pie de la letra y no ingerí más medicamentos del señalado. Pasadas algunas semanas sentí cómo empezaba a estabilizarme. No, no desaparecieron todos los síntomas, y claro que hubo efectos secundarios —libido disminuida, energía baja durante el día—, pero disminuyeron los ataques de ansiedad y el sentimiento de profunda tristeza que arrastraba todo el día.

II

Los trastornos mentales resultan de factores genéticos y ambientales. Si nuestros padres, madres o abuelxs padecieron un trastorno mental, es posible que nosotros también lo desarrollemos. También es muy común que uno o varios episodios traumáticos, sobre todo si ocurren en la niñez, sean los detonadores de trastornos como la depresión, la ansiedad, el estrés postraumático y el trastorno bipolar (Perry, 2014; Rodriguez & Asesor, 2007; Trucco, 2002). El abuso sexual infantil, el abandono o negligencia parental, la muerte de un ser querido, el maltrato físico, un accidente aparatoso y el maltrato psicológico son solo algunos ejemplos de situaciones que pueden derivar en trastornos mentales. Pero la situación detonadora, la situación ambiental, es solo una parte del problema. Los eventos traumáticos tienen un impacto en el funcionamiento del cerebro (Cedillo Ildefonso, 2017; Cruzblanca, Lupercio, Collas, & Castro, 2016; Reyes Marrero & de Portugal Fernández del Rivero, 2019), y si algo en el cerebro no está funcionando como debería, eso se manifestará en síntomas más evidentes. En el caso de los trastornos mentales, los síntomas suelen ser conductuales más que físicos, si bien esto no está descartado.

Cada vez son más las personas que comprenden la importancia de la atención psicológica. El estigma sobre quienes van a terapia ha disminuido, sin embargo, admitir que se necesita o que se asiste a una consulta psiquiátrica sigue siendo, en el imaginario colectivo, un sinónimo de estar «locx». A quien se le sugiera, espetará: «¿Psiquiatra? ¡Ni que estuviera loca!». A quien lo admita, se le dirá: «¿Antidepresivos? ¿No te preocupa volverte adicto?». No faltará tampoco quien tenga una anécdota, propia o ajena, de una pésima experiencia en las manos de un psiquiatra: diagnósticos dados a la ligera, medicamentos recetados tras un cuestionario de diez minutos, reacciones secundarias adversas —cuando no muy graves— a los medicamentos, etcétera. Y esto no es de sorprenderse; la historia de la psiquiatría en México y el mundo está plagada de situaciones de terror. También lo está la historia de la medicina, la del Derecho y la de la psicología misma. No hay justificación suficiente para quienes, en nombre de la ciencia o de las leyes, hayan violentado a alguien lastimando su cuerpo y/o dignidad.

Por otro lado, las cosas han ido mejorando. Aún falta mucho por hacer —en las áreas que mencioné y otras más—, aunque hemos logrado avanzar y seguimos luchando por un trato digno y de calidad dentro de los consultorios médicos, psicológicos y psiquiátricos. Una de esas cosas de las que todavía adolecemos es la falta de información. Partamos del hecho de que la educación en México —básica, media y superior— carece de una apropiada instrucción científica. El pensamiento cartesiano aún impera y el problema mente-cuerpo sigue sin resolverse para gran parte de la gente, si bien ya ha sido aclarado desde la ciencia: no hay una división entre la mente y el cuerpo; el cerebro realiza todas las funciones que concebimos como «mentales» —además de todas las otras funciones que nos mantienen con vida, claro—, de manera que la mente «es» cuerpo. Si el cerebro falla, falla la mente. Yo entendí esto hasta mis treinta, cuando comencé a estudiar psicología. Pasaron tres décadas de mi vida, una licenciatura, secundaria y preparatoria privadas y primaria pública, y fue hasta que estuve en determinada aula en determinada clase que por fin me explicaron esto. Y me parece increíble que no le estemos hablando a las infancias y adolescencias de cómo funciona su cuerpo en este y otros aspectos.

III

Prácticamente cualquier religión tiene sus bases sobre la creencia de un alma o de un espíritu, algo que trasciende al cuerpo material y que sobrevive a la muerte de este, ya sea para acceder a algún tipo de paraíso, convertirse en energía o reencarnar en otro ser, entre otras muchas posibilidades. Esta creencia refuerza la idea de que el cuerpo y la mente son cosas distintas y que no se pueden diagnosticar, tratar y sanar de la misma manera —entiéndase, con atención médica, estudios, fármacos, terapia, etc.—, además de que añade una dimensión más: la del espíritu. No hay evidencia científica alguna que sustente la existencia de la mente como algo separado del cuerpo ni tampoco la existencia de un espíritu o un alma, y vaya que se investigó muchísimo al respecto en los albores de la práctica científica. Sin embargo, sería ingenuo pretender que la gente abandonará sus creencias simple y sencillamente porque no hay evidencias que las sostengan, sobre todo porque la religión es parte de nuestra historia evolutiva y tiene un papel en la supervivencia de nuestra especie (Kardong, 2021). Partamos del hecho de la diversidad en pensamientos y cosmovisiones, pero utilicemos la brújula del bienestar y de los derechos humanos: necesitamos conocer las funciones básicas de nuestro cuerpo para poder tomar decisiones informadas sobre su cuidado. Yo puedo creer —y lo hice durante muchos años— que tengo un espíritu y que mi mente es una dimensión que interactúa con mi cuerpo, pero que no es mi cuerpo, y debo también conocer que mi cerebro funciona de determinada manera y que si algo se altera en ese funcionamiento hay que tratarlo.

Me parece, pues, que estamos frente a un grave problema cuando desde nuestras creencias invitamos a la gente a rechazar tratamientos médicos necesarios. He notado que esto se hace muchas veces proponiendo tratamientos «alternativos» como la medicina naturista, la homeopatía, pseudoterapias, prácticas como la meditación y el yoga, y otras cosas similares. Dependiendo de la gravedad del diagnóstico, el uso de tés, aromaterapia y técnicas de relajación pueden ser excelentes como un complemento de un tratamiento médico, pero no pueden sustituirlo. Hay muchos testimonios de personas que dirán que a ellxs sí les funcionaron tratamientos de este tipo, pero no podemos extrapolar la evidencia anecdótica y esperar que tenga el mismo resultado en toda una población. Por otro lado, las pseudoterapias como el coaching, las constelaciones familiares, el biomagnetismo, la terapia cuántica o bioenergética, además de tener cero evidencia científica en cuanto a su efectividad pueden resultar muy dañinas para una persona con un trastorno mental o con cualquier otro padecimiento. Aquí quizá se pueda argumentar que estamos a merced de la Big Pharma; que la OMS y todxs los médicxs y científicxs de la salud se han aliado simplemente porque quieren vender sus medicamentos y volverse millionarixs. La salud es un negocio, eso no lo niego. En un mundo ideal, el Estado proporcionaría todo lo necesario en términos de cuidado de la salud a la población. Pero, como leí alguna vez, no existe un comercio justo bajo el sistema capitalista. El negocio existe y no va a desaparecer en un futuro cercano y tampoco podemos caer en teorías conspiranóicas y afirmar que ningún tratamiento médico y que ningún fármaco son efectivos simplemente porque se hace negocio con ellos. Esto es, por decir lo menos, bastante ingenuo. Colocarle a algo la etiqueta de «natural» o «alternativo» no lo hace efectivo en sí mismo, de la misma manera que los millones que hacen las farmacéuticas por su falta de ética no anulan la evidencia científica de que determinado fármaco o determinado tratamiento médico funciona (Santillán, 2017). Claro que, si nos queremos poner en un plan por completo relativista, podemos decir que esta evidencia fue inventada por esos mismos científicos malos que nos venden la medicina.

IV

La ciencia detrás de los antidepresivos —por mencionar tan solo un fármaco— es relativamente nueva; se descubrieron «por accidente» en la década de los cincuenta del siglo pasado, y fue hasta la década de 1970 que, tras años de investigación para su mejora, comenzaron a comercializarse de manera masiva, a la par que se hablaba más y más de la depresión como un padecimiento que afectaba a muchas personas y que requería atención médica (Jeyasingam, 2021). Los antidepresivos más comunes, los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) aumentan los niveles de serotonina en el cerebro provocando así una sensación de bienestar mayor y más duradera, de manera que contrarrestan los síntomas del trastorno. No son los únicos tipos de antidepresivos, y a ellos se suman medicamentos para la ansiedad, para los episodios maníacos, para las alteraciones sensoriales y más. Conocer y entender el funcionamiento de estos fármacos puede ser una tarea algo compleja, pero hay excelentes trabajos de divulgación científica que nos pueden ayudar, como este video, este o este, además de este video de TED-Ed, que me parece particularmente genial. También es importante saber qué implica padecer determinado trastorno. ¿Qué es la depresión? ¿Qué es la ansiedad? ¿Qué es el trastorno por déficit de atención e hiperactividad? ¿El TDAH es igual en niñxs y adultxs? ¿La depresión es igual en hombres y en mujeres? ¿Cómo lucen estas condiciones de manera interna y externa? Hago hincapié en informarnos al respecto porque, contrario a cuando tenemos una afección en cualquier otra parte del cuerpo —un dolor muscular, una infección en el estómago, diabetes, hipertensión, dolor de garganta, etcétera—, cuando el problema está en el cerebro, solemos tener más dudas, poner más resistencia y tener más temor de lo que nos puede causar un medicamento o una terapia. Con el internet, la información la tenemos al alcance de un clic y también podemos preguntar a un profesional de la salud cómo es que las medicinas que tomamos ayudan a nuestros órganos a mejorar.

V

Y recuerda, si no puedes producir tus propios neurotransmisores, no hay nada de malo con comprar algo que te ayude a producirlos. Menos pill shaming y más decisiones informadas.


Tay Salander
tiresiassalander@protonmail.com
Señora milenial nacida en los ochenta en un pueblo conservador que no aguanta ni su feminismo ni su lesbianismo. Eterna aspirante a escritora, aficionada a la divulgación científica en temas de salud mental, medio lingüista, (casi) Maestra en Traducción, docente, activista y sobreviviente de la iglesia cristiana.

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