Fotografía: Ana Karina Vázquez


Los pernoctantes incómodos para las buenas conciencias queretanas eran y siguen siendo en su mayoría, mujeres. Mujeres también, que dejan sus hogares en el municipio de Amealco, lugar del estado en el que sus ingeniosas manos artesanas inventaron la colorida muñequita que las representa; de la que los mandones se han adueñado para ponerle el nombre cursi de “Lele”, que significa bebé en una de las variantes de la lengua otomí y cuya imagen han usado como excusa para presumir su dizque orgullo por la cultura indígena por toda Europa, principalmente. 

Se han gastado cientos de miles de pesos en comilonas, muñecas monumentales, estatuas de fierro y de piedra, pero las creadoras siguen en el piso, durmiendo en los albergues del primer cuadro de la ciudad o en los portales desiertos con luces amarillas por las noches. 

Pero después de drenar un poco todas estas letras que traigo atravesadas y que no termino por agotar, lo que esta vez quiero contar es un poco sobre quién es Estela. 

A ella la conocí porque en el diario en el que trabajo me enviaron a entrevistar a las artesanas que se han plantado en el callejón más cercano al Palacio de Gobierno del estado, edificio lindo, he de decir, aunque conserva el nombre que a lo mejor es lo que le sigue haciendo creer a los que ahí llegan, que son reyezuelos y los demás sus súbditos y bufones.

Justo en contra esquina de la entrada al palacete, pregunté a la gente que tenía tendida sus artesanías si me regalaban unos minutos de su tiempo para contestar unas cuantas preguntas. Afirmaron que la única que podía hacer eso era Estela, por lo que volví más tarde ese mismo día. 

Cuando la encontré y me presenté, sospechó de mí y casi podría decir que se puso a la defensiva -con justa razón-, porque muy altiva dijo “ahí luego ni publican lo que nosotros decimos”. Yo sólo pude contestarle que tenía poco trabajando ahí y que me comprometía a que, si no publicaban sus palabras tal cual, buscaría en dónde sí lo hicieran. No era una promesa vana, confiaba en que en este espacio en el que hoy pasan sus ojos, seguramente podría escribir las palabras de Estela, en caso de que una emergencia lo ameritara. Por suerte he podido escribir de ella en ese diario y ahora aquí.

Ese día, Estela fue muy valiente, me exigió como si yo fuera cada uno de los presidentes municipales, gobernadores y demás personajes que se han aprovechado de los frutos de su ingenio y del conocimiento de las generaciones que la han antecedido a ella y a sus compañeras y compañeros. También me dijo que si ella estaba hablando conmigo sólo era porque muchos de los demás que estaban en el andador no hablaban muy bien el español. Que incluso había gente que venía desde Guerrero, Chiapas o Oaxaca, pero que eso no significaba que ellos no tuvieran el mismo derecho de buscar ganarse el sustento con la venta de su trabajo. 

Luego, más tranquila y aún con la barrera que nos significaba a ambas el traer cubrebocas, me confesó su nombre y me contó algunas cosas más sobre su pueblo. Su tono cambió de reclamo a camaradería, al menos algo pudo ver en mí que yo todavía no sé qué fue, pero me sigue haciendo sentir agradecida por la confianza que me concedió. Nada le aseguraba ni que yo fuera a saber transmitir su sentir, ni mucho menos que eso fuera a saberse a través de un medio, y decidió sonreírme y seguir hablando conmigo, ya con la grabadora apagada. 

Hablamos sobre las veces que se había quedado en la calle o en los refugios, qué comían, qué les pedían y por qué algunos de sus compañeros preferían la calle o algunos otros simplemente ya no alcanzaban lugar. Regresar a sus casas en las comunidades no les era rentable, por lo que estaban en la ciudad durante algunas temporadas y luego volvían, ya con algo de dinero para subsistir. 

Le pregunté por sus artesanías, pregunta obligada o boba, como lo quieran ver, a alguien que a eso se dedica. Esperaba la respuesta romántica que desde el esnobismo frecuentemente se escucha, la que alude a que la artesana deja parte de su esencia en el cariño con el que confecciona cada pieza y que la hace única. Lo cierto es que luego entendería que la definición de Estela se apega mucho más al origen etimológico de la palabra, al «artis-manus»: arte con las manos. Antes de que yo pudiera comprender eso, Estela me invitó a que un día con más tiempo, ella me enseñara a hacer una muñeca. Acordamos fecha y hora, casi una semana después de ese primer encuentro. 

El día de nuestra cita llegué como quince minutos tarde, entre que siempre ando saliendo barrida, dice mi papá, que no encontraba estacionamiento y que me distraje entrevistando a unos comerciantes de botanas que se estaban manifestando en contra de las reducciones en los horarios en los que se les permitía vender, llegué tarde con Estela. Ella estaba seria, aunque no me reclamó, me mandó enseguida a buscar algodón de cristal en una tienda de telas y manualidades, para hacer la muñeca, porque ella ya no tenía. 

Yo, de pura casualidad tenía dinero suficiente para pagar el insumo, en el camino, unas calles abajo, cavilé que era lo justo, que si me iba a enseñar, yo debía comprar el material, por lo menos. Luego, saboreé en mis labios el decir algodón de cristal, cuando lo pedí en la mercería. Qué bonito nombre, algodón de cristal, de eso están hechas las vísceras de las muñecas que hace Estela. 

Al volver con ella, me regañó porque no era de la calidad que ella acostumbraba a usar, también se burló de mí por no saber coser ni pegar bien un botón, porque le conté que cuando escribo mucho o tejo en agujas, me duelen las manos. “Hay que aprender a usar las manos sin lastimarse”, me dijo, ya más en tono de mamá condescendiente. 

Luego volvimos a la charla en onda niñitas presumiendo habilidades y me contó que ella también teje en agujas, en gancho, y borda en punto de cruz, esta puntada la usa para hacer maxhmes, servilletas en su variante del otomí. Que ha hecho muñecas de más de tres metros de alto, por pedido, claro, y que se entretiene armando pancitas, manitas, piernitas y cabezas de monitas en su cama cuando vuelve a su pueblo para pasar unos días en casa con sus dos hijos. 

Todo lo que sabe hacer lo aprendió de su madre, que ya está viejita, dice, pero que, como ella, también venía a la capital a vender su artesanía hace unos años. Dice que en su tierra hay campo, pero ya no les pertenece, y quienes aún tienen trozos, batallan mucho para poder trabajar y luego obtener ganancias.

Sus hijos, un varón de 17 y una nena de 12 la ayudan mucho, dice Estela. Más tarde, ese mismo día conocí a su hijo, que es quien camina ofreciendo a los transeúntes una variedad importante de cositas hechas a mano.  No me quedó claro dónde estaba la niña, y en esa ocasión, sin preguntas inquisitorias, preferí dejar de hablar tanto y escuchar lo que Estela me quisiera contar. 

Nos reímos bastante el tiempo que estuvimos tumbadas en el piso, yo cambiando de posición porque se me adormecía una pierna y luego la otra y luego las dos. Con voz de institutriz, Estela enunciaba la importancia de no perder las agujas, los listones, las tijeras, y de tener cajitas adecuadas al tamaño de cada herramienta para guardar las cosas y tenerlas siempre a la mano y sin el peligro de picarse con las que tienen filo. La seriedad se rompió cuando las dos perdimos una de las agujas importantes y después del silencio vino la carcajada. 

Paso a paso en el armado de la muñeca, Estela se aseguraba de que mi cámara registrara los detalles. Al principio no se veía muy cómoda saliendo ella en mis fotos, pero después, cuando se las enseñaba, ya no le importaba mucho y se desenvolvía con bastante soltura. No sé cuántos años tenga Estela, pero me parece bastante joven, a pesar de que el sol no nos trata igual a todas, eso es cierto y la piel lo delata. 

Articuló su creación y yo fui testigo casi desde el origen, porque ya tenía las piezas de tela marcadas y medidas. Al momento de elegir la combinación de los tres colores de la vestimenta y la diadema, me preguntó cuáles quería, mostrándome su enorme bolsa llena de serpientitas de colores previamente medidas y recortadas con la longitud exacta. No recuerdo bien cuáles le dije que quería, sólo recuerdo el turquesa que me gusta tanto, pero al final ella hizo lo que quiso porque me dijo que mi elección no combinaba. 

Estela estaba muy orgullosa de su muñeca, sonreía y puedo decir que casi me la presumía, con mucha ternura. Ternura y valentía son dos palabras que para mí, definen a Estela. 

Mi celular no dejaba de vibrar y ella se dio cuenta, me dijo que cuando quisiera, un día que no llevara prisa, me enseñaba a bordar. 

Ana Karina Vázquez
akarina.vb@gmail.com
Periodista de la generación del fin del mundo. Hija de la crisis y de la incertidumbre. Tengo muchas pasiones.

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