
¿Cuántas veces se puede contar la parábola del alumno y el maestro? ¿Cuántos finales posibles? ¿Cuántos vértices pueden sostener la historia? La Strade Bianche, primera carrera estelar del calendario, se corre alrededor de la Toscana en un trazado que rebasa los doscientos kilómetros de distancia. A diferencia de las carreras con más tradición, ya con un siglo a sus espaldas, la clásica de las calles blancas se acerca apenas a su edición número veinte. Su atractivo reside, entre otras cosas, en una serie de segmentos de terracería que al contraste con el pavimento le otorgan una apariencia salina al recorrido. Se le llamaba la heroica, dada la conjunción de dificultades que concentra: ascensos explosivos, bajadas técnicas, grava, senderos adoquinados. Se trata de una carrera que se puede ganar bajando, subiendo, desde la fuga o en un sprint reducido. Tadej Pogacar, que junto a Fabian Cancellara ya reúne tres trofeos de la Strade Bianche, ganó la edición 2024 desde un histórico ataque a ochenta y un kilómetros de meta. Cruzó la línea de llegada, se detuvo y levantó su bicicleta con ambos brazos, arropado por los elogios de los comentaristas y los aullidos de un público desconcertado por la hazaña.
A la Strade Bianche no le faltan alternativas. El monte Sante Marie, teatro de color blanco, invita a probar las armas y las fuerzas. El sterrato, la terracería es maldición y bendición, de acuerdo al lado favorito de la moneda. La llegada a la Piazza del Campo, se ha convertido en una postal esperada año con año: los adoquines en ascenso con el público atento que entre aplausos, saltos y gritos se asemeja a un solo corazón. Justo en la mítica ascensión a Santa Caterina, a los pies de la plaza medieval, Demi Vollering y Anna van der Breggen nos ofrecieron una gesta para el recuerdo.
Van der Breggen se retiró hace cuatro años y se convirtió en directora deportiva del SD Works, el primer gran equipo en el tour mundial femenil. Ganadora cuatro veces del Giro de Italia, dos veces campeona del mundo, medallista olímpica y poseedora de un inaudito récord al haber ganado La flecha Valona siete ocasiones de manera consecutiva, el estatus de leyenda le queda a punto de sastre. Sin embargo, tras un periodo de inactividad competitiva, volvió a la línea de meta para desconcierto de los analistas. Van der Breggen decidió abandonar el vehículo de apoyo y volver a subirse a la bicicleta.
Por su parte Demi Vollering, ha soportado durante tres años el peso de ser la primera superestrella femenil del ciclismo. Gana grandes vueltas, gana en montaña. Gana en descensos técnicos. La campeona sabe ganar en todas las modalidades posibles, pero, ironías aparte, ser la favorita la convirtió en el objeto de todas las críticas imaginables: que debería subir mejor, que debería atacar antes, que debería atacar menos, que podría ser mejor compañera, que sin su equipo no sería nadie. Demi Vollering fue patrocinada por Nike, lo cual desató otra lluvia de asteroides en su contra. Terminó por dejar a su equipo, el SD Works y a su directora deportiva, Anna Van der Breggen y pasó a ser líder del FDJ, un equipo francés de un presupuesto mucho menor.
¿Qué continentes separan a una aprendiz de su maestra? ¿En qué unidades se mide este camino? ¿Cuál es la sustancia que se produce de esta dialéctica? Anna Van der Breggen, apenas resucitada del retiro, corrió con una valentía inaudita tratándose de una veterana. Probó, se movió, atacó. Demi Vollering respondió ordenada, con menos agresividad de la que acostumbra. Fue ella quien hizo el movimiento final y solo Van der Breggen pudo responderle, a puro riñón, sofocada por su esfuerzo. Rodaron los últimos diez kilómetros a solas, con una ventaja creciente frente al resto de las competidoras. La victoria de Vollering, merecida, recibida con los brazos extendidos y un público rendido a una batalla para la historia, no eclipsa el destello de Anna Van der Breggen que a un kilómetro de meta, con las fuerzas de quién sabe cuáles recuerdos, atacó a su alumna y la puso contra las cuerdas antes de ser derrotada en el último ascenso de la carrera. Decir que la alumna superó a la maestra termina por ser un titular injusto al que me permito proponer dos alternativas. Número uno: el resultado es menos interesante que el privilegio de atestiguar la batalla. Número dos: una maestra vuelve a ser maestra con la condición de ser mirada por su alumna.
