En el principio fue el agua, y el agua se volvió escasa, y en la escasez el gobierno vio una oportunidad. El modelo es simple: hay un problema real (la sequía), hay un diagnóstico genérico («no hay agua») y hay una solución de última generación («potabilizar lo ya usado»). Hasta ahí, el guion neoliberal no sorprende. Lo que estremece es la dramaturgia cívica: la encuesta.
¿Sabía usted que hay sequía?, ¿cree usted que falta agua?, ¿quiere usted que se resuelva?, ¿prefiere usted agua limpia, potable y salubre?, ¿está usted de acuerdo con una solución que parezca salida del catálogo de aspiraciones de la ONU? A lo largo de diez preguntas, el gobierno de Querétaro le ofrece a la ciudadanía una liturgia: no el acto democrático de opinar, sino la confirmación participativa de que el proyecto «Sistema Batán» ya va a pasar, y usted, amable lectora y lector, solo está aquí para asentir, firmar su nombre completo y sentir que participó.
La encuesta, como práctica social, puede ser mecanismo de escucha. Aquí, es un libreto de consentimiento. Cada «sí» es un ladrillo que edifica el edificio invisible del consentimiento fabricado. Y lo notable no es solo la trampa, sino la torpeza de su ejecución: preguntas en forma de carambola, donde quien diga que no a la infraestructura será, por omisión, enemigo del agua, de la niñez sedienta y de la OMS.
La trampa está en la forma, no en el fondo. La ciudadanía no tiene acceso al proyecto completo. No hay explicación de impactos ambientales en El Batán, no hay rendición de cuentas sobre el uso de suelo, no se confrontan las preocupaciones de los habitantes que han visto cómo se privatiza el acceso a la presa. Pero sí hay formulario. Sí hay diagnóstico paternalista: “Usted no sabía que había sequía, nosotros se lo contamos. Ahora, vote correctamente”.
Es aquí donde el arte de la encuesta se convierte en un género literario: la autoficción burocrática. El gobierno se escribe a sí mismo como salvador, redacta las preguntas con la pluma de la necesidad técnica y publica los resultados como epopeya estadística: «El pueblo avala». En esta dramaturgia, la opinión pública no opina; actúa como extra en una coreografía donde el final ya fue ensayado.
Decía Oscar Wilde que lo contrario de lo serio no es lo cómico, sino lo trivial. Y aquí lo trivial es lo grave: una serie de preguntas diseñadas no para interrogar la realidad, sino para bendecirla. Una encuesta que sustituye al debate con una lista de “síes” obligatorios, al estilo del viejo PRI, pero con tecnología ozonificada y filtro de carbón activado.
La verdadera sequía no está sólo en los mantos freáticos: está en la voluntad de escuchar a quienes viven cerca del agua, en la imaginación democrática de los que gobiernan, en la ética del desarrollo que no distingue entre rehabilitar y arrasar. ¿Qué se potabiliza realmente en El Batán?, ¿el agua?, ¿el discurso?, ¿la culpa?
Lo dijo alguien con más cinismo que sabiduría: si no puedes convencer, encuéstalos.
