Esta mañana terminé de leer un libro de cuentos de pura escritora y escritor queretanx. Esto no es una reseña de ese libro, sino un breve ensayo sobre la envidia. Conozco en persona a cinco de esxs «Narradorxs Queretanxs» —ese es el nombre del libro publicado por la editorial Palíndroma—. A todxs les admiro y de todxs disfruté sus cuentos, como cada que les leo. Pero no pude evitar notar algo de esta antología —que por lo demás es bastante entretenida y da para unas buenas tardes echada en el sillón— y es lo siguiente: no incluye un texto de mi autoría. «Pero ¿por qué?», me pregunté, «Si yo soy queretana, ¡queretanísima!, de esas de las que ya casi no hay». Muy sencillo, resulta que, si bien soy escritora, poco escribo, y cuando escribo, poco muestro. Quizá de haber perdido el miedo y de haberme relacionado con las personas adecuadas —muchas de ellas amigxs— habría un textito mío en este libro que les comento. Detrás de todo esto hay una larga historia —of course there is—.   

Como acabo de decir, soy escritora. Desde la tierna edad de nueve años ejercitaba ya el músculo de la escritura mediante kilométricas cartas a mi mejor amiga en donde le declaraba mi cariño, mi lealtad y mi felicidad por tenerla a mi lado —sí, ya sé que eso suena a que estaba enamorada de mi amiga y es verdad, pero no forma parte de esta línea de ideas—. Posteriormente, estando en la preparatoria, redactaba cuentos sin final para la clase de Lectura y Redacción —¿o era la de Literatura? — y mis compañeras me reclamaban enardecidas: «Y ¿luego? ¿Qué pasa luego? ¿Se volvieron a ver? ¿Le pudo decir que había dejado el teléfono en la casa y por eso no le había contestado y que la razón por la que se desapareció toda la semana fue porque se había muerto su amado abuelo y no podía con tanto dolor?». Me sentía la cuentista laureada de la generación 2001-2004 del Liceo Consuelo Rubio de Ruíz. Pero no seguí escribiendo, al menos no para mostrarle cosa alguna a otra persona —fuera de las cartas kilométricas a la nueva mejor amiga de la que también estaba enamorada—. Después, al entrar a la H. Facultad de Lenguas y Letras de la H.H. Universidad Autónoma de Querétaro, pensé para mis adentros: «Ahora sí, Tanya, ¡ahora sí vas a escribir! Te vas a convertir en escritora, te van a publicar y tú sí podrás vivir de esto, no como tu abuelo… ¡Es hora de enaltecer el apellido Almada y la sangre de artista que llevas dentro!» Ok, tampoco fue tan dramático, pero ustedes me entienden. Y bueno, tampoco escribí. Un cuentito, sí, y sí quedó inmortalizado en la gaceta de la facultad, pero nada más. Con todo y todo, mi abuelo dice que soy su escritora favorita.  

Ahora, he de decir que desde hace tiempo me di cuenta de que lo mío no es la ficción —para empezar, soy malísima para los finales; simplemente no los escribo—. Lo mío, lo mío es el ensayo. Y de eso me acabo de dar cuenta hoy. Hoy, 14 de diciembre de un pandémico 2021, durante la clase de Prácticas de Traducción de la maestría, más o menos a eso de las 5:17 de la tarde, justo a tiempo para dar con un tema para esta columna, descubrí que llevo años escribiendo ensayos. La cosa es que yo no estaba enterada, sino que solo escribía sin pensar en el género —how gender nonconforming of mine—.  Años de escribir y nada publicado, al menos no fuera del blog que obviamente tuve a principios de los 2010s y ahora de esta chingona RevistaSaltapatrás a la que el buen David me invitó a colaborar.

Pero ¿por qué no estoy en el libro de «Narradorxs Queretanxs»? Por miedo. Y de ese miedo surge la envidia. Envidia del talento, envidia de la valentía, envidia de la perseverancia. Miedo al fracaso, miedo a la (auto) censura, ¿miedo al éxito? No sé. Lola, Tere, El Flaco, El Vago y Sam no son personas lejanas escribiendo y siendo chingonxs en algún lugar al que nunca iré y viviendo una vida idílica en una dimensión desconocida —esa en la que te publican—, no… son compas, son amigues, son gente querida a la que envidio. Pero de esa envidia bonita, ya saben. Y me alegro, siento re bonito ver sus nombres en un libro más, en una antología, una revista, un fanzine, un blog, ¡de verdad que me alegro! Y luego me pregunto qué me diferencia de ellas y ellos. Quizá que no tenía idea de que de hecho estaba escribiendo. Quizá también una tremenda falta de madurez, si madurez es crecer, y yo me estoy comportando como hace quince años con estos miedos.

Lo bueno es que nunca es tarde. Pensé que ya estaba grandecita para estudiar una maestría, y ahora mírenme, becaria y todo el asunto. Es en este punto en el que debo confesar la razón por la cual acepté colaborar en Saltapatrás: obligarme a ser disciplinada. Necesitaba un deadline, necesitaba algo que me motivara y que me marcara el tiempo para ejercitar los músculos. Ser escritora es un trabajo y sé que mi mayor enemigo es la procrastinación. Por eso estoy aquí. Por eso y porque quiero llegar con Ellxs, y porque le tengo que regalar un libro autografiado a mi abuelo mientras aún pueda.


Tay Salander
tiresiassalander@protonmail.com
Señora milenial nacida en los ochenta en un pueblo conservador que no aguanta ni su feminismo ni su lesbianismo. Eterna aspirante a escritora, aficionada a la divulgación científica en temas de salud mental, medio lingüista, (casi) Maestra en Traducción, docente, activista y sobreviviente de la iglesia cristiana.

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